No soy romántica

Me interesó no hace mucho leer en la tercera de ABC un artículo de Alfonso López Quintás en el que hablaba de las palabras talismán. Explica él que existen términos que, en ciertos momentos de la historia, cobran tal predicamento, tan alto prestigio, que nadie se atreve a ponerlos en tela de juicio. Son palabras como Razón, por ejemplo, que casi han dado nombre a todo un siglo. el XVIII. Ser racional se consideraba entonces como la quintaesencia de lo que debería ser una persona y, por tanto, actuar de forma irracional significaba ponerse a la altura de las bestias, comportarse como ellas. Un poco más tarde ocurrió lo mismo con la palabra Libertad, que marcó otro hito en la historia; hablo, naturalmente, de la Revolución francesa. Y da igual que aquel bello sueño de liberté, egalité y fraternité acabara pocos años más tarde en el Gran Terror con la guillotina funcionando a destajo. Da igual porque, tal como dijo Madame Roland antes de subir al cadalso, Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre . Nada de esto tiene la más mínima importancia por lo visto porque, como señala el señor López Quintás, las palabras talismán tienen tal fuerza, ejercen tal fascinación, que la gente las usa sin someterlas al más mínimo análisis.

Otra palabra de estas mismas características que ha logrado atravesar con su poder de embrujo intacto la barrera de más de dos siglos es Romanticismo. A ver quién es el guapo hoy en día que se atreve a decir que no es romántico. Lo toman a uno por frío, calculador o sospechoso, lo miran como un tipo asocial, como un psicópata, si me apuran. Bien, pues incluso a riesgo de que me tachen de eso o de algo aún peor, lo voy a proclamar aquí y ahora. No soy romántica. O al menos no soy lo que la gente entiende como tal. Si vamos a la descripción de la enciclopedia, el Romanticismo es un movimiento artístico y político que se caracteriza por preconizar la libertad, la subjetividad y la emoción frente a las limitaciones impuestas por el racionalismo de la Ilustración, que lo precedió . Por extensión, una persona romántica es alguien que se guía por esos mismos parámetros. subjetividad y emoción. Subjetividad y Emoción. He aquí otras dos palabras que también todo el mundo suscribe sin el menor análisis. Sigo mis impulsos , dice la gente; Voy donde el corazón me lleve , añade, y se queda tan campante, sin reparar en que los impulsos no son necesariamente buenos. Es más, hay impulsos que no solo no hay que fomentar, sino que es mucho mejor tenerlos bien controlados. En cuanto a ir donde el corazón lo lleve a uno, no hay más que mirar atrás y revisar el pasado sentimental de cada cual para ver dónde nos llevó más de una vez ese corazón que, por lo visto, nunca se equivoca. Seamos sinceros. ¿Quién no tiene en su currículo amoroso un panoli, un impresentable o un tipo muy poco recomendable? El que nunca se haya equivocado en el amor que, por favor, tire la primera piedra.

Por eso digo que no soy romántica. Porque creo que, si se nos ha dado corazón y también cerebro, es muy poco inteligente prescindir de un órgano tan útil a la hora de tomar decisiones. Pero se me ocurre, además, otra razón para no dejarme guiar exclusivamente por mis pulsiones, mis filias y mis fobias como se vanaglorian los románticos de hacerlo. Pienso que las personas que tienen sus propios sentimientos como medida y metro patrón de todas las cosas por lo general son arbitrarias, cuando no tremendas egoístas. Lo dice hasta el Evangelio. Si uno se comporta generosamente solo con aquellos a los que ama, si hace el bien a los que quiere y presta solo a aquellos de los que espera recibir, ¿qué mérito tiene? Eso ya lo hacen los fariseos y los malvados. Todo el mundo se comporta bien con las personas por las que siente afecto. La verdadera virtud está, por tanto, en hacer el bien por hacer el bien, da igual a quien tenga uno delante , concluye diciendo Jesucristo en este pasaje. No sé por qué me da a mí que tampoco él era romántico