Los amores lentos

Siempre me han gustado los anuncios por palabras. Es una de las pocas cosas en las que me parezco -ya me gustaría parecerme en otras- a Flaubert. Y es que el padre de Madame Bovary era un gran devoto de este tipo de secciones, de las que extrajo no pocas historias, incluida la de su archifamosa novela. Últimamente, estos lugares de encuentro para corazones solitarios andaban de capa caída, sustituidos por las nuevas tecnologías. Nada de señorita formal y católica busca caballero con buenas intenciones. Interesados escribir a apartado de correos 788877 , etcétera.

Ahora, los contactos de esta naturaleza se realizan vía Internet. Y la gente no solo se enamora en la Red, sino que puede pasar de las musas al teatro y practicar cibersexo con alguien que vive en Australia o en Bucaramanga e intimar en el más moderno sentido de la palabra. Es decir, conocer de inmediato los gustos eróticos de su ciberpareja, su postura del Kamasutra preferida, pero, en cambio, no su nombre y, en muchas ocasiones, tampoco su rostro. Aun así, no hay duda de que Internet, en lo que a relaciones sentimentales se refiere, ha supuesto una revolución. Ha logrado emparejar a millones de personas salvándolas de las garras del monstruo más temido por todos. Me refiero a la soledad, palabra, por cierto, maldita en nuestro tiempo.

Hoy, más que nunca antes en la historia, se hace lo que sea por no estar solo. Hasta tal punto que aquel refrán de más vale estar solo que mal acompañado ya ni siquiera se comprende muy bien de qué iba. Por eso, porque Internet hasta el momento parecía la mejor apuesta para los que buscaban pareja, me ha llamado la atención leer en una revista norteamericana de gran tirada el anuncio de una iniciativa que se contrapone a estos tan convenientes amores en-redados. El titular dice así. Lo crea usted o no, la pantalla de su ordenador puede estar entorpeciendo sus posibilidades de relacionarse sentimentalmente. Mientras que la tecnología es perfecta para mantenerse conectado a amigos y familia, cuando se trata de buscar pareja, el mundo digital no contempla lo más primordial. la química .

El artículo explicaba a continuación cómo los test de compatibilidad que realizan en la Red tanto las agencias de contactos sentimentales como nosotros mismos son engañosos. Y por una razón muy simple. ¿De qué sirve encontrar, sobre el papel, a nuestra media naranja perfecta? Esa que, por ejemplo, comparte con nosotros todo tipo de afinidades que nos parecen primordiales. Le gusta la misma música; ama el deporte; disfruta de los mismos platos, poesías, paisajes Sí, esa que adora a Serrat y detesta el rap; esa que ama a Houellebecq, pero se aburre mortalmente con Paul Auster, etcétera. ¿De qué sirve, digo, si luego resulta que no hay chispa y no se le ponen a uno los vellos de punta cada vez que esa persona bate sus pestañas? Vivimos en un mundo tan tipificado, tan pedestre, que olvidamos que las afinidades están muy bien, pero que, al final, lo que nos gusta de una persona no viene en una lista de atributos. Como los norteamericanos son muy hábiles a la hora de encontrar nuevos nichos de mercado, varias agencias que antes se dedicaban al ligue por Internet proponen ahora un servicio mixto. A quienes contratan sus servicios siguen sometiéndolos a una batería de preguntas para definir qué tipo de persona buscan. Pero luego, con esa carta a los Reyes Magos en la mano, van un paso más allá. Monitorizan a sus clientes para que queden para tomar un café o almorzar nunca una cena con sus potenciales parejas.

En otras palabras, propician encuentros sin presión, sin el aquí te pillo, aquí te mato y vámonos ya a la piltra , para que la gente pueda descubrir poco a poco si, además de afinidades, existe eso tan misterioso, evanescente y caprichoso que llamamos química. ¿Que resulta que el sujeto en cuestión es perfecto sobre el papel, guapo, rico, cariñoso pero solo la idea de que nos ponga un dedo encima nos produce urticaria? No pasa nada, es solo un café o un almuerzo. Debo decir que, cuando leí todo esto, en principio me quedé admirada de lo simple de la propuesta. Luego, cuando lo pensé un poco mejor, me quedé admirada del modelo de negocio. Quién nos iba a decir que, en el siglo XXI, alguien iba a ganar pasta descubriendo las ventajas del amor lento. Aquel de otro tiempo, cuando uno no comenzaba la casa por el tejado, sino que dejaba que la química hiciera su lento pero tan necesario y callado trabajo.