El barco del amor

Peter Viertel decía que los mejores romances son los que ocurren a bordo de un transatlántico. Sobre todo si el flirt es adúltero, porque al llegar a puerto los amantes se dispersan y regresan a sus vidas con apenas un recuerdo secreto que visitar de vez en cuando. Un amorío en un barco, ay.

Mi barco no salió al mar. Permaneció atracado en el puerto de Barcelona mientras todo ocurrió. Ay. Yo entonces era reportero de una revista de viajes, y me habían invitado a la fiesta de presentación de un gigantesco crucero italiano. cena, barra libre y estancia de una noche en un camarote en el que resultaba fácil imaginarse en alta mar, abolidas las reglas de la vida habitual. Por el ojo de buey se veía la estatua de Colón y un neón de Telepizza.  Pero, mentalmente, yo atravesaba galernas en el Atlántico norte, de esmoquin, con fichas de ruleta en la mano, observando cómo la copa del Dry Martini se deslizaba por la barra por culpa de los embates oceánicos. Mentalmente.

El azar depositó en la mesa en la que me correspondió cenar a una presentadora de televisión italiana embutida en un vestido plateado, como de mercurio. Llamémosla ehhh Nina. Carezco de sensibilidad poética para describir con metáforas como la de los dientes de perla la belleza de la mujer, así que me limitaré a decir que Nina estaba buena. Y yo de esmoquin en la galerna, con fichas de ruleta resonando en mi mano. Mentalmente. Tiré durante la cena con toda la munición que tenía. Mis mejores chistes. Mi juego de muñeca con el encendedor, inspirado en Philip Marlowe. Todas las frases que pude plagiar a Woody Allen. Fingí que me interesaba muchísimo su proyecto de decorar personalmente una casa recién comprada en la Toscana (aunque, mientras me contaba eso, yo visualizaba goles de Maradona). Hasta probé arteros trucos sentimentales, como contarle cuánto me gustaba rescatar cachorros en la calle y espulgarlos con mis propias manos.

En la mesa había también un torero. Así que yo no paraba de acordarme de la anécdota de Jardiel Poncela, de cuando se trabajó con ingenio, durante toda una velada, a una bella dama peruana que luego se marchó con un torero que no había abierto la boca, pero era un torero. Sin embargo, Nina era inmune a las tentaciones folclóricas y a los clichés de la virilidad, afortunadamente. Lo nuestro prosperó entre risas cada vez más cálidas a lo largo de una cena en la que los rasgos de los demás comensales se me desenfocaron por completo. no los necesitaba ya ni como figuración de mi romance en alta mar, esmoquin, galerna, fichas, copa que por fin estalla contra el suelo. Mentalmente.

A la hora del baile y la barra libre, yo largaba propinas a los camareros para que nunca nos faltara de beber. Le olía bien el pelo al bailar. Hacia las dos de la madrugada, Nina me miró, me dijo al oído el número de su camarote, me pidió cinco minutos de ventaja, y enfiló hacia el ascensor, toda ella culo en movimiento. Esperé cinco minutos, imitando el modo de apoyarse en una columna de Alain Delon, y, cuando me disponía a pulsar el botón del ascensor, me sobrevino la pregunta terrible. ¿Qué número de camarote dijo que era? . Imposible recordarlo. ¿Por qué las mujeres de ahora no te apuntan las cosas en el dorso de la mano con el rímel o lo que sea? ¿Por qué lo confían todo a la memoria de un tipo que lleva bebiendo toda la noche? Aporreé algunas puertas al azar, sin obtener más que puteadas expresadas en tres o cuatro idiomas diferentes. Grité Nina , arrodillado en el corredor, como Marlon Brando gritó Stella , y alguien respondió. ¡Vete a la cama, borracho, o llamo a seguridad! . Al final, un alemán obeso que abrió su puerta en calzoncillos se compadeció y, después de vestirse, se vino conmigo a tierra a buscar un bar. Ni esmoquin ni fichas. niño, ponte un cubata de Larios.

No vi a Nina a la mañana siguiente. Pero en el aeropuerto, mientras facturaba, me sobrevino otro pensamiento. Cubierta 3, pasillo de babor, camarote 245 . Nada como el amor en alta mar.