El viejo truco de lord Byron

Tengo una amiga que acaba de pasar por un mal trago sentimental. Siguiendo una de las tendencias imperantes en lo que a novios se refiere, se enamoró de un hombre diez años más joven. Porque ya saben ustedes todo eso que ahora se dice y que casi hemos llegado a creérnoslo de tanto oírlo. que el amor no conoce barreras que la edad no está en el carné de identidad, sino en nuestro espíritu que todo lo que uno se propone se alcanza siempre que se desee con suficiente fuerza Un día, sin embargo, mi amiga descubrió que el viejo refranero español es más sabio que todas esas tontunas new age y se acordó (pelín tarde) de lo que decía su abuela, me refiero a aquello de que quien con niños se acuesta ensopada amanece. Sin embargo, no es de los errores con jovenzuelos de lo que quiero hablarles hoy, sino de algo que ella me enseñó y que me parece interesante.

Cuando al cabo de unas semanas la invité a almorzar para ver qué tal estaba, lejos de sola, fané y descangayada, la encontré espléndida. Tan genuinamente serena y sin los aspavientos típicos de quien sobreactúa intentando demostrar que le importa todo un huito que no fue hasta nuestra segunda copa de vino blanco con hielo que me atreví a preguntarle cómo se había repuesto tan pronto de su mal de amores. Uy me contestó. Yo puedo haber sido tan tonta como para pensar que lo mío con Javier podía durar algo más que dos telediarios, pero hace muchos años que a mis relaciones les aplico el protocolo lord Byron . ¿El protocolo lord Byron? , repetí, porque no sabía que uno de mis poetas románticos favoritos hubiera bautizado protocolo alguno. El nombre es invento mío continuó ella, pero funciona como un reloj. También podría haberlo llamado el protocolo de los huevos y la cesta, pero tiene menos glamour , agregó. Entonces me explicó que, después de un traspié amoroso anterior, había topado con una frase de lord Byron que dice así. El amor es para los hombres una parte importante de su vida, pero es para las mujeres su vida entera . Y entonces había decidido que tal vez eso fuera cierto en tiempos de lord Byron, pero que este llevaba cerca de doscientos años criando malvas y que, desde luego, ella no iba a cometer semejante error. El truco añadió entonces está en comportarse como él, es decir, en diversificar .

Ya ironicé yo, mantener dos, tres y hasta cuatro relaciones al mismo tiempo, como hacía Byron, que era un caradura, seguramente ayuda a que los fracasos duelan menos. Lo malo es que no todo el mundo tiene su sex-appeal . Entonces me explicó que lo que ella había aprendido de Byron era, simplemente, a no entregar la llave de su felicidad a una sola persona. Él lo lograba teniendo muchos amoríos, pero hay otras formas de diversificar afectos. Ahora creemos que el amor romántico es lo más grande, lo importante de nuestra existencia. Vivimos en una especie de eroscentrismo enloquecido que hace que, si uno falla en el amor, automáticamente se convierte en un fracasado cuando la vida es mucho más que eso. Hay otros afectos, otros intereses, otras pasiones, otros amores. En realidad terminó diciendo mi amiga, todo en esta vida tiene la importancia que tú quieras atribuirle. Yo he aprendido a repartir mis afectos, porque, si uno no pone todos los huevos en el mismo cesto, puede permitirse incluso hacer alguna tontería como enamorarse de un tío diez años más joven. Tal vez la aventura acabe, como esta vez, con mi ego un poco magullado. Pero no pasa de ahí, porque hace años que no le doy a nadie el monopolio de mis afectos . ¿Ni siquiera a tus hijos? , indagué. Ni mis hijos, ni mi familia, ni mis amigos ni el sursuncorda. Así, si alguno me falla, no es el fin del mundo .

Muchas veces, cuando alguien me suelta un discurso de este tipo, pienso que su intención es más convencerse a sí mismo que a mí, pero no creo que este sea el caso. La prueba es que ahora, un par de meses más tarde, mi amiga está embarcada en otra relación, esta vez con un hombre de su edad y con una pinta estupenda. ¿Ya no más jovencitos? , le pregunté maliciosamente. Y ella me respondió. ¡De todo se aprende! Antonio tiene mi edad y es un cielo, pero si este príncipe también sale rana, ya sabes, aplico el protocolo Byron, y tan campante .