El viejo membrillo

El otro día dispuse de tiempo entre un compromiso aburrido y el siguiente y conduje hasta el barrio de mi infancia, al que no regresaba desde hacía años. Es un cogollo de chalés de la época de la república incrustado entre la estación de Chamartín y un palacete del que es fama que Napoleón pernoctó allí una noche cuando vino a rendir la ciudad después de la carga de la caballería polaca en Somosierra. Un lugar apacible, con hiedra en las fachadas, con alguna canasta colgada sobre el garaje como en las burbujas residenciales americanas. Mi familia se hizo notar cuando colocó junto a la chimenea un mobiliario de plástico que provocó un incendio famoso en el barrio que nos tuvo semanas derramando por las orejas un líquido negruzco.

Allí eché como primera novia a una alemana llamada Gaby, con trenzas como las de Pipi Calzaslargas, cuyo padre abría la puerta de repente cada cinco minutos cuando estábamos en su habitación para evitar exploraciones anatómicas prematuras. Ello no hacía sino añadir emoción a los besos, casi cronometrados como el asalto a un banco, para que el hombre nos sorprendiera siempre al irrumpir bruscamente jugando al ajedrez como Felipe y Mafalda. Allí también solía trepar por los tejados con una carabina de aire comprimido creyéndome algo, y una vez salvé un gato hambriento y con cascabel llamado Charlie que se había caído en una oquedad y se lo entregué a la dueña, una inglesa sexagenaria que me invitó a merendar. La semana siguiente, Charlie volvió a caer en la misma oquedad, por lo que ahora creo que la vieja quería matarlo y debió de impacientarla mucho que yo le volviera a sonar el timbre con el gato entre los brazos. Lo digo porque la segunda vez no me invitó a merendar.

En el barrio había una plazuela a la que acudía en pandilla para jugar al fútbol. En una de las casas de la plazuela tenía su estudio un pintor que nos dispersaba con unos gritos tremendos, harto de que le arruináramos la atmósfera de trabajo. También esto no hacía sino añadir emoción, no ya a los besos, sino a las carreras evasivas que se hacían intensas por la posibilidad de que el pintor hiciera algún prisionero. El hombre se convirtió en un peligro mitológico de tal calibre que sorteábamos quién ocuparía la portería situada en el lado cerrado de la plazuela, que era el que procuraba una escapada más difícil, pues había un paredón contra el cual era fácil quedarse acorralado.

El pintor caminaba a menudo con un lienzo que llevaba a alguna parte. Jamás lo habría confesado a la pandilla, pues ya había sido consagrado como enemigo nuestro y, por añadidura, de nuestra proyección como futbolistas. Pero a mí me fascinaba porque era el primer artista que veía en persona y lo creía capaz de hacer dibujos como los de los cómics de Corto Maltés, que me tenían absorbido. Ahora que soy adulto, comprendo que éramos un engorro, que nuestros partidos constituían un sabotaje a su ritmo de trabajo, a su inspiración, a su obra toda. Creo que algunos amigos incluso le llamaban a la puerta y salían corriendo.

Años más tarde, reconocí al pintor cuando empezó a salir en los periódicos como consecuencia de la fama que le concedió un cuadro realista en el que aparecía el edificio de Metrópolis en el esquinazo de Alcalá y Gran Vía. Era Antonio López. Me siento culpable cada vez que a Antonio López lo acusan de ser un pintor lento que lleva años terminando un retrato de la familia real, porque formé parte de una conspiración para robarle tiempo e inspiración que tal vez resultara fatal para su cadencia. Me lo imagino incapaz de pintar, acechando en la ventana la llegada de los puñeteros niños de la pelotita. Cómo iba yo a saber que interfería en el encuentro de un genio y su posteridad.

El otro día caminé hasta la plazuela y me paré ante la casa, que ignoro si sigue siendo la del pintor. Eso sí, me pareció ver que en el jardín despuntaban las ramas de un membrillo al que igual agredimos a balonazos antes de que Víctor Erice lo convirtiera en personaje.