De momias y zombis

Con la llegada del verano se hace más patente la presencia de momias. No hay más que abrir una revista o sintonizar uno de esos magacines televisivos para encontrarse con un ramillete de parientas de Tutankamón. Hablo de esas famosas y famosuelas que piensan y estas son sus propias palabras que la edad de uno no está en el DNI, sino en su espíritu . Y precisamente para que la edad no las delate, décadas atrás, con las velitas aún humeantes sobre la tarta de su trigésimo cumpleaños, ya empezaron a tomar medidas drásticas. Verbigracia, operarse primero del pecho y/o la nariz, luego de las cartucheras, de ahí pasan a los párpados y el cuello, cuando no a un lifting completo antes de cumplir los cuarenta. Dicho en román paladino, un recauchutaje integral hasta quedar todas idénticas, clónicas. Lo que más sorprende de estas momias es que ellas se ven siempre divinas.

Menos mal, me apresuro a añadir, porque con mi minúscula autoestima, por ejemplo, si un día llego a verme como ellas en un espejo les juro por lo más sagrado que no vuelvo a pisar la calle. Me gustaría puntualizar, sin embargo, que no estoy en contra de la cirugía estética. Al contrario, le estoy enormemente agradecida. Hasta los dieciséis años yo tenía una de esas narices que hubieran hecho las delicias de Quevedo (ya saben aquello de Érase un hombre a una nariz pegado, una nariz superlativa , etcétera). Por suerte, mi madre decidió aprovechar unas vacaciones de Semana Santa para hacerme un cambio de look completo. No solo me operó la nariz, sino que, como en esos programas de antes y después, me llevó a un buen peluquero, me cambió el vestuario y la estética hasta conseguir que el gusano (léase, servidora de todos ustedes) se convirtiera en crisálida o ninfa.

Nada que reprochar, por tanto, a los profesionales que se dedican a mejorar el aspecto de quien lo necesita. Pero sí me gustaría llamar la atención sobre esas personas cada vez más jóvenes, por cierto que cogen carrerilla con los retoques y les da por los yaques Ya que me he hecho los ojos y me han quedado muy bien, voy a hacerme también los pómulos; y ya que estoy tan guapa, vamos ahora con los labios y la barbilla. Y ya que, ya que y quedan alicatadas hasta el techo. Entre todas las momias devotas de los yaques, a mí las que más gracia me hacen son las zombis. Pongamos por caso el de una de las reinas del cuché que llevamos cuarenta años viendo, semana sí y semana también, en las revistas de cuore tan tuneada y photoshopeada que parece que no se ha enterado de que hace años que su reino ya no es de este mundo. Y hasta tal punto ha llegado a creerse su propio tuneo, que trata de competir con sus propias hijas (jaleada por unos cuantos periodistas que siempre me pregunto si se creerán lo que dicen o esa es su forma de carcajearse por lo bajini).

No deja de ser curioso también que, cuando a una zombi de estas características se le pregunta por sus secretos de belleza, bata sus pestañas (postizas, obviamente) y proclame que consiste en dormir muchísimo y en beber tres o cuatro litros de agua diarios. Yo no sé si ese será el secreto de la eterna juventud pero, modestamente, prefiero el de mi padre. Él decía que las mujeres que le resultaban interesantes no eran las más jóvenes, ni siquiera las más guapas, sino las que no se tomaban demasiado en serio. Cuando le pregunté en qué consistía eso, para ver si podía aprender el truco, me explicó que las guapas que van de guapas automáticamente dejan de serlo. ¿Significa entonces que hay que apostar por la naturalidad absoluta, prescindir de todo artificio e incluso de algunos retoques? Yo, desde luego, no pienso dejar de hacer todas las trampas que pueda al calendario, incluso con algo de cirugía, si veo que es preciso. Lo único que le pido a mi padre, que está allá arriba, es que si alguna vez ve que llevo camino de convertirme en zombi o en momia me lo haga saber de algún modo. Conociéndolo, estoy segura de que lo hará. Aunque sea en una sesión de güija, papá, por favor, prométemelo.