Ante mi cadáver

A todos nos ha ocurrido. es un sentimiento de amputación, allá en las cámaras más secretas de nuestra intimidad, cada vez que descubrimos que algo muy significativo de nuestra vida se ha esfumado como por arte de ensalmo. Nos ocurre cuando probamos en un restaurante un guiso con los mismos ingredientes que el guiso que nos hacía nuestra abuela (pero, al probarlo, constatamos que el guiso de nuestra abuela es irrepetible); nos ocurre cuando buscamos en nuestra biblioteca aquel libro que llenó de luz nuestra adolescencia, para finalmente aceptar que lo hemos perdido en alguna mudanza (y entonces un puñal de dolor nos escarba, porque con ese libro desaparece la exultación de aquellos años); nos ocurre cuando volvemos a la ciudad de nuestra infancia y, paseando sus calles, descubrimos que donde había una mercería en la que trabajaba una dependienta que nos hacía temblar de veneración y deseo hay ahora una apestosa tienda de teléfonos móviles o un chiscón (algo menos apestoso) de comida turca. Estas amputaciones tienen algo de ultrajes morales, de dentelladas que nos afeitan un pedazo de alma (el pedazo más vulnerable y delicado), dejándonos una mancilla muy difícil de borrar. Y así, soportando tales amputaciones, nos vamos muriendo poco a poco, convirtiéndonos quevedianamente en presentes sucesiones de difunto .

Hace poco sufrí una de estas amputaciones que nos dejan heridos para siempre. Desde que soy niño, veraneo en Verín, donde mis abuelos (que en paz descansen) iban a ‘tomar las aguas’ medicinales de Sousas y Cabreiroá. Los alrededores del pueblo de Cabreiroá fueron escenario de muchos de mis retozos infantiles. cerca de la planta embotelladora (entonces modesta, hoy monstruosa) había un prado donde pacían las vacas; y, algo más allá, un arroyo de aguas límpidas, cabrilleantes entre las piedras del lecho, que en sus márgenes alimentaba una vegetación que llenaba el aire con un aroma de domingo perpetuo, hasta hacerse más bravía y umbrosa, casi impracticable, habitada por la algarabía de mil pájaros y el aleteo abigarrado de mil mariposas, que libaban las flores del poleo y se cortejaban entre sí, en una promiscuidad millonaria de especies, haciendo vibrar sus alas en las que se engastaban el topacio y el berilo, el rubí y el ónice, el jaspe y la amatista, la turmalina y la calcedonia, y piedras aún más preciosas que no figuran en el catálogo de ningún joyero, piedras vivas que danzaban en derredor del niño que yo era, que venían a posarse sobre mí, que dejaban que acariciase sus alas, prestándome su polvillo, que jamás podrá igualar en su cromatismo ningún laboratorio de maquillaje. Y mientras yo jugaba con las mariposas, en la floresta, los pájaros intercambiaban trinos que tenían algo de coro angélico y algo de simposio poético. Fui muy feliz en aquel paraje, mientras mi abuelo recolectaba poleo para sus tisanas del invierno, escoltado por los trinos de los pájaros en la enramada, persiguiendo las irisaciones de las mariposas embebidas en su vuelo nupcial que, sin embargo, se dejaban acariciar por mis dedos niños; fui casi tan feliz como espero serlo en el paraíso (naturalmente, después de pasar por el purgatorio que un pecador como yo merece).

La semana pasada volví a aquel paraje donde se guardaba, como en un estuche de gozos, la memoria de mi infancia. El arroyo ya no era capaz de hacerle guiños al sol, porque sus aguas bajaban lechosas, como jugo de pilas alcalinas. El prado donde antaño pacían las vacas (que la Unión Europea arrebató a los campesinos, después de sobornarlos con subvenciones) había sido convertido en una pista de footing para pijos estresados, que andaban por allí ganduleando y mirándose el culo los unos a los otros, con ganas tal vez de arrimar cebolleta. Ya no había poleo en las márgenes del riachuelo, que habían sido salvajemente desbrozadas, para que los pijos estresados no se pinchasen con las zarzas. Y en la enramada se había acallado la algarabía de los pájaros y había enviudado el vuelo nupcial de las mariposas, exterminadas las unas y los otros por los insecticidas que están convirtiendo nuestros campos en postales sin vida, para esparcimiento de senderistas pedorros a los que molesta que les piquen los mosquitos. Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte .

Y esa muerte de tantas cosas que amé se me metió en el alma, como un viento difunto, calcinándola por dentro. Me acerqué derrotado, amputado, moribundo, al arroyo que en la infancia bajaba bravo y espejeante como una espada, y me contemplé en sus aguas blanquinosas y estancadas. Allá al fondo, entre las piedras del lecho, yacía mi cadáver.