Hórror vacui

Esta semana tengo que dar las gracias a la célebre revista Science por explicarme un defecto que siempre he atribuido a mi loca cabeza. Se supone que un escritor es alguien que no precisa estímulos exteriores para sentirse bien. Alguien a quien le encanta cerrar los ojos y pensar, alguien que adora la soledad. Muy bien, pues de esas tres premisas la única que es cierta en mi caso es la tercera. Me encanta la soledad, pero desde luego sí necesito estímulos exteriores (de hecho, soy una oreja a un transistor pegada. lo primero que hago al abrir un ojo es poner la radio); y pensar me gusta, pero siempre que pueda compaginarlo con otra actividad, como conducir, pasear, hacer punto o cualquier otro trabajo manual. Hasta ahora siempre había pensado que esta fobia mía a dejar la mente en blanco, como se supone que hacen los verdaderos sabios, demostraba que yo era un poco neura, para decirlo suavemente. Sin embargo, ahora resulta que investigadores de Harvard y de la Universidad de Virginia han descubierto que el 67 por ciento de los hombres y el 25 por ciento de las mujeres participantes en un estudio, a los que se los conminó a estar diez minutos sin pensar en nada absolutamente, no lo consiguieron. Prefirieron interrumpirlo antes de dicho lapso de tiempo, aunque sabían que hacerlo estaba penalizado con una descarga eléctrica.

Hagan la prueba, intenten no pensar en nada. Tal vez les produzca la misma desazón que a los voluntarios (de muy diverso nivel intelectual, distintos tipos de extracción social, edad, etcétera) que tomaron parte en este extenso experimento. Según ellos, estar tanto rato con la mente completamente en blanco era como embarcarse en un esquife a la deriva sin esperanza en medio de una pesadilla de oscuridad y vacío . A la vista de estos resultados podría dar la impresión de que ese horror al vacío que sintieron los voluntarios es consecuencia directa del ritmo enloquecido de la sociedad en la que vivimos, abducidos por Internet, los videojuegos, la televisión; abrumados también por infinitos tweets, e-mails, whatsapps Sin embargo, los responsables de la experiencia sostienen que es exactamente al revés. Que todo ello existe para paliar el pavor del ser humano a quedarse a solas con sus pensamientos. Y que, si bien ahora los medios de evadirse son más tecnológicos y sofisticados, la misma función la cumplían antes los libros. O practicar deporte. O bordar tapices y hacer calceta. En arte existe la expresión hórror vacui, o miedo al vacío, que sirve para describir lo que los críticos llaman la necesidad de rellenar todo espacio vacío en una obra de arte con algún tipo de diseño o imagen . Se trata, por tanto, de esas obras abigarradas repletas de arabescos o dibujos propias del arte barroco y rococó, pero que también se dan en los diseños celtas, vikingos, en la decoración islámica y también en la victoriana. Eso por no mencionar el arte chino, azteca o incluso maorí. Si ese horror al vacío es común a culturas tan distantes y distintas, algo debe de querer decir de todos nosotros.

Los estudiosos de Harvard han recurrido a una cita de Milton y su famoso Paraíso perdido para tratar de darle una explicación. La mente es su propia morada escribió Milton y por sí misma es capaz de hacer un infierno del cielo y del cielo un infierno . Los psicólogos que han llevado a cabo esta investigación incluyen en su estudio otros muchos ejemplos de ese horror a estar a solas con nuestros pensamientos, pero dejan para más adelante sus conclusiones sobre este curioso fenómeno que ellos llaman la pasión de la gente por hacer cualquier cosa en lugar de estar a solas con su mente . Yo desde luego no soy científica ni he estudiado en Harvard, pero voy a aventurar mi teoría al respecto. Es posible que ese hórror vacui del que ellos hablan sea un arma creativa y social de primer orden. Con tal de no estar a solas con ese monstruoso vacío que anida en su interior, el hombre pinta, compone música, hace literatura, baila, estudia. Es precisamente ese horror a la nada el que nos hace también sociables, colaboradores, leales, fieles, amantes, cómplices. Lo importante, por tanto, no es tener dentro un agujero negro, sino saber con qué llenarlo. El cómo queda enteramente a discreción. A unos les da por componer la Novena sinfonía, a otros solo por matar marcianitos en la videoconsola