¿Es posible atender a la superproducción informativa actual?

El viejo reloj de arena concentra los dos bienes más escasos y valiosos de la economía actual. la arena y el tiempo. Escasea la arena. Dubái importa toneladas de arena de Australia para edificar, y a los pescadores de las islas Maldivas les sale más a cuenta bucear para subir sacos de arena que pescar. Saben que ese acopio contribuye al hundimiento de sus propias islas, pero la modesta arena es, de repente, un recurso muy valioso. La utilizamos para construir autopistas, carreteras, edificios y para fabricar cristales. Las técnicas de construcción a base de cemento y hormigón engullen cada año más de quince mil millones de toneladas de arena.

Escasea el tiempo. El tiempo de atender. La ‘economía de la atención’ que trata de superar los viejos modelos de intercambio de bienes materiales dando un valor inesperado a la atención ha sido la primera en apuntar las consecuencias de la falta de tiempo disponible. La atención es la facultad de atender o de concentrar la mente en un único objeto. Se da atención individual a un niño, a un invitado. Pero la atención requiere tiempo, consideración y disponibilidad. Y hasta ahora no se ha valorado. ¿De qué trata esta nueva ‘economía de la atención’?

En tiempos remotos, la economía trataba de administrar los recursos domésticos; es decir, de ahorrar recursos. Hoy, la economía apuesta por la sobredimensión, con afanes de crecimiento permanente y sin considerar que tanto los recursos materiales como los psíquicos pueden agotarse. Los estudiosos de la economía de la atención consideran que el reto clave para las empresas del capitalismo digital consiste en captar la atención del público. Lo hacen aplicando las reglas del neuromarketing; el punto de mira de la nueva economía es nuestro sistema neuronal. La economía de la atención plantea con agudeza las cuestiones relacionadas con la capacidad de atención; propone que se mida nuestra disponibilidad mental y que se le dé un precio, ya que solo dispondríamos de una media de diez minutos diarios para repartir y fijar nuestra atención en algo que no sea el trabajo o las tareas de la vida cotidiana.

La abundancia de información y mensajes publicitarios para la cual escasea cada vez más la atención parece confirmar la intuición inicial de los precursores de la economía de la atención. Alvin Toffler (1970), Daniel Kahneman (1973), Michael H. Goldhaber (1996) o Jonathan Crary (1999). Desde los años setenta, todos ellos intuyeron un cambio de nuestras economías tradicionales hacia una economía de la atención. Desde 2005, pensadores más recientes como Georg Franck hablan de ‘capitalismo mental’.

Lo que escasea ya no es la producción de información y mensajes publicitarios, sino su recepción. El valor se ha desplazado. El de un libro ilustrado de antaño cuya elaboración requería meses o años era mucho mayor que el de los libros de bolsillo que las imprentas modernas producen casi instantáneamente en grandísimas tiradas. Por esa superproducción de información, mañana serán los productores de contenido nos dicen los expertos de la economía de la atención los que que tendrán que pagar al público si quieren que este les dedique su escaso y valioso tiempo de atención.

La sabiduría de la sociedad industrial fue la producción en masa. Quizá la nuestra sea el saber relacionar la producción con la recepción o la aceptación. Esta es la singular aportación de la economía de la atención. A la inversa de lo que se ha hecho hasta ahora, esta economía no valora la producción masiva de bienes culturales y materiales; valora nuestra disponibilidad midiendo los límites de nuestra atención. Si tratásemos la atención humana como un recurso valioso y finito, podríamos empezar a transformar el modelo económico actual. Ya no deberíamos producir bienes sin plantear cómo los recibimos y la atención que les podemos dedicar.No se trata tanto de pensar un nuevo marketing, sino una manera nueva de hacer negocio.