Desde Caín a Abel

El vértigo tiene sus encantos, aunque no para quien padece un ligero trastorno que consiste en la tentación de precipitarse a los vacíos, por abismales que estos sean, así se asoma. Un par de amigos perfectamente equilibrados me lo hicieron saber cuando los invité a recorrer la Ruta del Cares, el desfiladero de La Garganta Divina que separa León de Asturias. Habiendo pasado por él, comprendo que hubiese sido inapropiado.

Desde Caín, pedanía de Posada de Valdeón, poblado de casas rurales y abrigos de montaña, parte una senda portentosa, nacida por la voluntad del hombre y tallada a mano en la roca, que sigue el curso del río Cares hasta llegar a Poncebos, doce kilómetros más allá. Es uno de los senderos más transitados de España y se entiende que esté frecuentado por miles de andayones a poco que se sepa apreciar su belleza rocosa, monumental, agresiva, salvaje. El sendero está recortado en la roca de ese espléndido pasaje del Parque Natural de Los Picos de Europa, dejando grandes precipicios más allá de su metro y medio de anchura. Su propia hechura es una de las primeras curiosidades que asalta al caminante. ¿cómo se pudo construir esto en un lugar al que les cuesta acceder a las mismas cabras, que, como todo el mundo sabe, están como una ídem? Pues se hizo, y con pago de vidas humanas. en 1916 se construyó el canal de alimentación de la central hidroeléctrica de Camareña, en Poncebos, y hubo de ser construido mediante el uso de dinamita colocada por obreros colgados en cuerdas, los cuales crearon un inverosímil paseo en la piedra. El sendero superior era el de mantenimiento del inferior.

En el año 1945 fue ampliado, ya que más parecía hecho para los rebecos que para las personas. Dinamita y agallas, muchas agallas de unos 500 obreros que vieron fallecer a once de sus compañeros. Agallas semejantes a la de los operarios de esa tribu india que se colgaba de una viga de los rascacielos de Nueva York a almorzar a la altura del piso 80. Abrieron nada menos que 71 túneles en la roca a lo largo del curso del Cares, que queda abajo, muy abajo, en un paisaje demoledor, pero que se transita fácilmente antes de llegar a las cuestas finales (primeras, si se sale de Poncebos). Si se tiene vértigo, mejor no asomarse a ver por donde uno camina. Busque cualquiera de los vídeos que se exhiben en YouTube sobre esta Ruta del Cares y asómbrese. Y al llegar a Asturias, elija. Siga en los Picos de Europa, por ejemplo, y atrévase a saludar al Naranjo de Bulnes, ese al que muchos llaman Naranco erróneamente (el Naranco es otra realidad montañosa, ovetense, senda para gestas ciclistas y con bastante buenos ejemplos de arte prerrománico), o haga como nosotros. mi amigo leonés Javi Camarote propuso un salto hasta Ribadesella, al cual solo cabe decir que sí, especialmente si el día invita como invitaba a acabar en la playa de Vega, ese regalo de arena que va y viene, de virginal largura y espuma salvaje. Allá donde el mar sabe a mar y donde se adivina un aroma de leña de roble sobre el que dejar caer algún pescado.

Abel Álvarez maneja en su acudidero, Güeyumar, eso que vendría a ser una barbacoa de autor y sobre la que teorizábamos la semana pasada. Hay que sumarla al listado de las cuatro o cinco imprescindibles. Además de un salpicón de marisco excepcional (que yo bautizaría con un nombre menos depreciado que ese, que suena a boda de meseta, siendo como es primoroso bogavante en esencia), uno puede darse a las andaricas, la cola de rape, el mero o lo que quiera. Pero lo que debe hacer es comer cualquier ejemplar que llegue de los puertos de Llanes o Luarca pasados por la madera de Abel y su Agua de Covadonga. Juega con las alturas de la parrilla, con tapar o no el pescado, y sirve el Rey, o Virrey, troceado como dosis de gloria incomparable. Salir de la belleza montañosa de Caín y llegar a la máxima expresión marina de Abel allá en la playa, ha sido uno de esos últimos regalos que te da el verano y que se queda pegado en el sentidero.