Envidia (I)

Cervantes, que no solía equivocarse nunca, se equivoca sin embargo en el prólogo de la segunda parte del Quijote, cuando afirma que hay dos envidias; y que, junto a la envidia ruin, hay otra envidia santa, noble y bienintencionada (lo que hoy, popularmente, llamamos ‘sana envidia’). Pero una palabra no puede significar una cosa y la contraria; y lo que Cervantes llama ‘envidia santa’ es la admiración y el deseo de emular a quien percibimos como superior. Esta virtud (por lo demás tan infrecuente), que permite reconocer las prendas del prójimo y que aspira a imitarlas, es nobleza de espíritu y nada tiene que ver con la envidia, que es tristeza del bien ajeno, tal vez la pasión más innoble y vil que pueda albergar el ser humano, incluso en sus versiones más mitigadas, cuando más que tristeza del bien ajeno es aflicción de la desdicha propia. Pues aun entonces esta versión mitigada de la envidia tiende, antes o después, a gotear sobre la otra y a mezclarse con ella.

La envidia, escribió Quevedo, es flaca porque muerde pero no come ; y Calderón nos recuerda que en los extremos del hado / no hay hombre tan desdichado / que no tenga un envidioso, / ni hay hombre tan virtuoso / que no tenga un envidiado . De donde se desprende que la envidia es pecado universal que a todos nos afecta y a todos nos destruye con su insomne mordisco roedor; y que, a la vez que nos atormenta, nos hace estériles. Siempre se ha dicho que la envidia es el pecado por antonomasia de los españoles; en lo que volvería a probarse que el pueblo español sigue siendo muy religioso (aunque su religiosidad esté vuelta del revés), porque la envidia es el pecado teológico por excelencia, ya que en su raíz se halla una rebelión frente a Dios, que repartió desigualmente los dones entre los hombres, haciéndolos a unos guapos y haciéndonos a otros feos. Cosa que el igualitarismo contemporáneo no puede soportar, según se explica en aquellos versos impagables que aprendí de Castellani. ¡Igualdad!, oigo gritar / al jorobado Fontova. / Y me pongo a preguntar. / ¿Querrá verse sin joroba / o nos querrá jorobar? .

Unamuno decía que la envidia era íntima gangrena del alma española , fermento de nuestra vida social y lepra nacional , elaborando en torno a la envidia un ensayo sobre el carácter español. Muchos extranjeros repararon en esta lacra que nos empuja a los españoles a destruirnos los unos a los otros; así, por ejemplo, John Stuart Mill escribe en Consideraciones sobre el gobierno este juicio tan certero como demoledor. Los españoles persiguen con saña a todos sus grandes hombres, les amargan la existencia y, generalmente, logran detener pronto sus triunfos . Y es que, en efecto, los españoles (y sospecho que también los vástagos del tronco hispánico) tendemos a afligirnos de las dichas ajenas, tendemos rencorosamente a despreciar todo aquello que no podemos alcanzar, tendemos a negar y eliminar todo lo que destaca por sus méritos y bondades, en un empeño lastimoso (y vano) por hallar consuelo en nuestra mediocridad, nivelando por abajo, haciendo tabla rasa del talento, denostando y ensuciando todo lo que nos parece superior, hasta igualarlo con lo que es inferior.

Además, la envidia española tiene la característica peculiar de no estar generalmente ligada a la mera codicia, como ocurre en la envidia más elemental y primaria, que tiende a pensar que la posesión de un bien por parte del prójimo nos impide disfrutarlo a nosotros. Frente a esta envidia elemental, la envidia española (subrayando su naturaleza ‘espiritual’) se entrevera de un orgullo que se resiste a reconocerse inferior a nadie (aunque íntimamente se sepa inferior, o sobre todo cuando se sabe inferior) y no soporta reconocer la superioridad del prójimo. Este orgullo acérrimo e inexpugnable provoca en el español un disgusto o malestar espiritual que acaba degenerando en resentimiento y amargura, hasta anegarlo de una envidia ‘existencial’ que no nace de lo que el prójimo posee o disfruta, sino de lo que el prójimo es. Y el dolor que provoca esta envidia ‘existencial’ no se cura despojando al prójimo, sino rebajándolo, difamándolo, humillándolo, calumniándolo, arrastrándolo por el fango; y, a la vez, enalteciendo, exaltando, entronizando al que es mediocre, con la condición de que lo sea al menos tanto como nosotros.

Naturalmente, una pasión tan innoble y a la vez universal (sin consuelo posible, además, si no viene de arriba) tenía que ser aprovechada políticamente. De esto hablaremos en nuestra próxima entrega.-