O Larry Bird o sexo

Hace años fui un afectado por lo que se dio en llamar el boom del baloncesto. Los adolescentes de los ochenta, fascinados por los fulgores de la NBA, como Garci dice que los españoles de la posguerra lo estaban por las sofisticadas comedias de teléfonos blancos americanas, rompimos la hegemonía del fútbol. Me refiero al tiempo en que cualquiera de nosotros habría vendido el alma al diablo por unas Air Jordan, y pedíamos permiso en casa para trasnochar cuando la tele, con la narración onomatopéyica de Ramón Trecet, daba el concurso de mates y el partido anual del Este contra el Oeste. También asistimos a la marcha de Fernando Martín a Portland con la sensación de que estábamos poniendo un hombre una primera huella en la Luna.

Aún creo que su avión a América despegó después de una cuenta atrás.Además de Michael Jordan, los personajes de aquella devoción fueron las torres gemelas de Houston, los bad boys de Detroit y, por supuesto, los duelos cimeros entre los Lakers de Magic y los Celtics de Larry Bird. El patio del colegio, como si no hubiera tenido bastante con las inquinas entre madridistas y atléticos propias de nuestro hábitat, de repente empezó también a desgarrarse por culpa de rivalidades ajenas, remotas, relacionadas con un deporte al que no nos habían aficionado en casa. Ningún padre de la época, uno de esos que preguntaban a los amigos nuevos de qué equipo de fútbol eran como pidiendo una credencial de pureza de sangre, podía comprender que su hijo dejara de invitar a un compinche íntimo por defender el credo bostoniano contra un advenedizo vestido de amarillo que imitaba los ganchos de Jabbar. Yo era de los Celtics, obviamente.

Y digo obviamente porque considero que los Celtics, como los New York Yankees en béisbol, tienen una identidad sobria y ganadora llena de semejanzas con la del Real Madrid, mientras que la California de los Lakers, con sus palmeras, su exuberancia, sus animadoras y su tendencia demasiado festiva, pertenece a ámbitos más parranderos, como Brasil en el fútbol. el Madrid es Alemania, y de alguna forma también es Massachusetts, remedos de Camelot y del Mayflower, pioneros en la Copa de Europa.

En algún momento de aquellos años ochenta, una gira trajo a los Boston Celtics a jugar contra el Real Madrid en el Palacio de los Deportes. Ambos mundos están ahora más cerca el uno del otro. Pero, en aquel entonces, la expectación fue descomunal, como si en Madrid estuviera a punto de aterrizar un ovni del que fueran a salir criaturas medio divinas que jamás habríamos podido concebir en carne y hueso y en un horario que no obligara a permanecer despierto de madrugada. Me regalaron dos entradas. Cometí el error de ofrecer acompañarme, no a un amigo del colegio, sino a un pariente que por aquel entonces se comportaba como una figura tutelar en sustitución de mi padre, fallecido.

Para que se hagan una idea del tipo de enseñanzas en que me inició, diré que solo una puede confesarse sin la presencia de un abogado. cómo pelar una gamba con una sola mano, empleando el pulgar.Mi pariente empezó a arruinarme el partido antes de que nadie asomara por el túnel de vestuarios. Cuando le dije cuánta emoción me causaba ver a Larry Bird, respondió con un discurso iconoclasta parecido al de Chazz Palminteri en Una historia del Bronx, ese en el que pregunta si el ídolo va a pagarte las facturas o la universidad. Luego le pareció propio de nenazas el modo en que los jugadores chocaban las manos de los compañeros cuando la megafonía los anunciaba. Y después, mientras ellos calentaban, y yo disfrutaba identificándolos uno por uno, me preguntó en seco. ¿Tú ya has follao? Venga, vámonos a que te hagan hombre, eso hay que remediarlo ahora mismo . Se puso en pie, me apremió mientras yo, remiso como si fueran a expulsarme prematuramente del campo de centeno de Salinger, observaba cómo Larry Bird, todavía con el chándal puesto, lanzaba en suspensión para calentar la muñeca. Venga, chaval, decídete. O Larry Bird o sexo .