Hasta un reloj parado da la hora exacta dos veces por día

Los que me conocen saben que hay frases por las que siento debilidad y repito con frecuencia tanto en conversaciones como en libros o artículos. Una es, precisamente, la que encabeza estas líneas. La primera vez se la oí a mi madre hace añares, pero no me dijo nada hasta que un día descubrí que tenía más razón que un santo. Ella la usaba para describir a personas sin mayor interés (o relumbrón o inteligencia incluso) que de pronto sueltan una frase ante la que uno se queda admirado porque es justo lo que necesitaba oír o le viene que ni pintiparado en un momento de duda, de tribulación.

Desde entonces, me he encontrado con muchos relojes parados en la vida. Les cuento, por ejemplo, mi última experiencia. El pasado verano tuve dos contratiempos, uno afectivo y otro profesional, que me afectaron mucho. Como lo de llorar sobre leche derramada, además de antihigiénico, me parece inútil, decidí olvidar el primero y concentrarme en resolver el segundo. La cosa no era fácil porque, al igual que todos los que se dedican a la creación, tengo el ego frágil y enseguida me pongo melodramática. El contratiempo profesional del que hablo fue tener que abandonar una novela en la que llevaba seis meses trabajando. Me di cuenta a tiempo de que no funcionaba e iba al desastre, pero, aun así, tirar a la basura tanto esfuerzo es lo más parecido que conozco a una amputación. Y duele.

De todos modos hay algo aún peor y es, como digo, que me pongo dramática. Enseguida empiezo a pensar que nunca más podré escribir una línea que esto es el fin que soy un desastre etcétera. Total, que ahí me tienen en una isla paradisíaca donde había ido a pasar unos días con amigos mucho cocotero, mucha caipiriña y yo hecha viruta. Les juro que no estaba pensando en la frase de mi madre sobre los relojes parados cuando, al acabar con las dos novelas que traía en la maleta, me acerqué a la biblioteca del hotel a ver si encontraba un libro que pudiera interesarme. En aquel paraíso perdido, al que se accedía solo después de cincuenta minutos de hidroavión, no había ni una mísera librería en veinte millas náuticas a la redonda. Y el problema es que, igual que otros son yonquis del tabaco, del café o del chocolate, a mí me pasa que no puedo estar más de un día sin algo, lo que sea, que leer. Para que se hagan una idea, les contaré que, en ocasiones apuradas, me he encontrado leyendo el libro de los mormones que hay en la mesilla de noche de algunos hoteles, por ejemplo. O los prospectos de las medicinas. O la guía de teléfonos (muy interesante la guía de teléfonos, por cierto).

Pero bueno, a lo que íbamos. Estábamos en los relojes parados y en cómo, a veces, la persona que uno menos espera (o admira o valora) dice algo o da un enfoque distinto a lo que estamos viviendo y nos ayuda sin saberlo. En este caso mi reloj parado no fue, como me ha ocurrido en ocasiones anteriores, una persona, sino un libro. Uno, agárrense bien, que se llamaba Mis cosquillitas, escrito por una presentadora de televisión venezolana que, a juzgar por la foto de la portada, debió de ser Miss Playboy (o al menos Miss Barquisimeto) allá por los años sesenta. Mis cosquillitas era un compendio de obviedades a la violeta pero, entre toda aquella filosofía de la señorita Pepis, había una frase que era justo la que yo tenía que oír en ese momento. Ni Kierkegaard, ni Kant ni mi adorado Nietzsche, Miss Barquisimeto fue quien dio en el clavo cuando yo más lo necesitaba. No voy a reproducir aquí la frase de marras. Las recetas no son universales y lo que a uno le sirve a otro lo deja frío. Lo único que me gustaría apuntar es que la sabiduría está por todas partes. En los libros buenos y en las personas inteligentes, por descontado, pero tampoco hay que desdeñar lo que dicen los que no lo son tanto. El mundo está lleno de relojes parados que dan la hora exacta dos veces por día. El único secreto está en saber escuchar sin prejuicios.