Cumpleaños feliz

Las amistades perfectas deben acompasar en lo posible los saltos de edad. Quién no ha perdido amigos íntimos en un cambio de ciclo vital que los volvía menos compatibles. De todos los saltos de edad, el más determinante tal vez sea el de la paternidad. Y por eso es también en el que se pierden más amigos que deciden demorarse en esa maravillosa disponibilidad del propio tiempo que es la juventud. Así recuerdo la juventud. la época en que fui el protagonista de mi vida, y no un actor secundario de los hijos. Eso sí, un actor secundario satisfecho y ancho de hombros, como los sargentos de caballería irlandeses de John Ford que esconden botellas hasta en los paragüeros. Pero ocurrió que dejé de decir sí cada vez que me tocaban los tam-tams por teléfono, y solo por eso hubo gente que desapareció.

Tuve que esperar unos años a que se me acompasara el mejor amigo que tuve y tendré. Durante ese tiempo, solo procuré no perdernos definitivamente; con eso bastaba mientras él prolongaba un poquito más nuestros prodigiosos años de juventud en Buenos Aires, igual que los niños se resisten a dejar de jugar aunque apenas quede ya luz para ver la pelota.

Regresé a Buenos Aires después de un año de no pisar la ciudad y con mi primer hijo ya nacido. Viajamos para acompañar a mi amigo, L., en una gran fiesta de cumpleaños, supongo que la de los cuarenta. Por razones que no vienen al caso, L. se había vuelto muy conocido en Argentina. E incluso había ingresado en la parte más frívola de la vida social, la que te aposta paparazis en la puerta de casa. Poco antes de nuestra llegada, se había ennoviado con una chica de las revistas, una it girl y aspirante a cantante dieciocho años más joven que él, hija de un famosísimo crooner argentino contemporáneo y amigo de Sinatra. Cuando la chica quería disponer gratis de un buen coche durante un mes, la marca se lo prestaba solo con que se comprometiera a ser sorprendida al volante por los paparazis un par de veces. Con la ropa era igual. Y con los restaurantes. Incluso a mi amigo empezaron a llegarle a casa envíos textiles.

La fiesta fue espantosa. Tanto que me la tomé como un aviso de que ya no encajaba en Buenos Aires, de que era mejor no volver jamás, sino regar cada semana los recuerdos. Los antiguos amigos de L., cuarentones nada fashion, fuimos relegados en el privado de la discoteca como si nuestra presencia pudiera arruinar un videoclip de la MTV. Ante innumerables fotógrafos de sociedad, L., vestido raro, fue arrastrado a una escenografía perfectamente calculada por un relaciones públicas. La noviecita apareció con una tarta. Los amigos fashion de la noviecita le cantaron el Cumpleaños feliz. La propia noviecita se marcó un Happy birthday a lo Marilyn que el relaciones públicas remató anunciando que su primer disco estaba a punto de salir. L. ni siquiera se enteró cuando los amigos feos y viejos nos marchamos a cenar pasta y vino de pingüino en alguna cantina de Almagro de las que tienen camisetas de fútbol y retratos de boxeadores colgados en las paredes.

Durante aquel verano austral, la ruptura se ahondó. Cometimos el error de alquilarnos una casa en Punta del Este para las dos parejas y el niño. La it girl, con su guitarra y su sombrero de paja. Nosotros, con los llantos, los talcos y el olor a Nenuco. Comenzamos a notar que, al llegar a la playa de José Ignacio, la más in, la chica de las revistas procuraba dejarnos atrás para no ser fotografiada en su entrada con algo tan escasamente sofisticado como una familia de clase media con cubo para los castillitos. Ocurría lo mismo para el sushi de La Huella. Y ocurrió tanto que al final alquilé otro coche para hacer vida aparte, convencido de que había perdido a mi mejor amigo sin ni siquiera una bronca en la que decirnos las cosas.

La vida siguió. La it girl Qué sé yo en qué andará. Hace algunos meses, L. pasó por Madrid con su mujer y su hijo, mi ahijado. Durante un momento perfecto, me pilló sonriéndome a mí mismo. ¿Qué te pasa, che? .