‘Soñar en serio’

Quienes nos dedicamos a escribir sabemos que no se puede ser sublime sin interrupción; y también que esos escasos lapsos en los que se nos permite serlo suelen pasar inadvertidos, incluso al lector más avezado. Imagino que lo mismo ocurrirá con otros oficios relacionados con las artes. el alfarero, entre los cientos de vasijas que salen iguales de sus manos, sabrá reconocer aquella que ha modelado en pleno rapto de inspiración; y el retratista que siempre acierta a captar la fisonomía de sus clientes sabe, en su fuero íntimo, cuándo esa captación es tan solo oficio de virtuoso y cuándo -más raramente- logra penetrar el alma del retratado.

Hablaba de estas cuestiones el otro día, mientras paseaba las calles de Santander, con mi amigo Enrique Álvarez, un escritor que acaba de publicar un excepcional libro de cuentos, Soñar en serio (Ediciones Valnera), lleno de terribles misterios y miedos subterráneos, bajo una apariencia realista. Enrique Álvarez es un buceador de psicologías abrumadas o culpables, un zahorí que logra rescatar en los yacimientos más dormidos de nuestra vida interior un cúmulo de reverberaciones que creíamos extintas, a través de un estilo transparente que como las aguas de los estanquesencubre un oscuro lecho donde anidan faunas imprevistas, a veces delicadas, a veces monstruosas.

Como a mí mismo, a Enrique Álvarez le toca cargar con el remoquete de ‘escritor católico’, que en España es sambenito, pues instantáneamente hace creer a la gente lega o prejuiciosa que te dedicas a la literatura pía; cuando lo cierto es que Enrique Álvarez, pese a su condición de escritor casi secreto (o tal vez por ello mismo), es un superdotado explorador de los más sutiles problemas morales, que expone siempre como si fueran aventuras, de un modo ameno e irresistible, lleno de conocimiento del alma humana, y también de sabiduría sobre las cosas naturales y sobrenaturales. En Soñar en serio hay un puñado de cuentos pasmosos, a veces sostenidos sobre elipsis magistrales que esconden al lector el meollo de la trama, para dejarlo tembloroso hacia el desenlace; y en todos ellos uno cree percibir, como una brisa o un escalofrío, el aleteo del mal y el susurro de la gracia disputándose las vidas de sus personajes. Decía Flannery OConnor que la misión de la literatura era dar cuenta de la batalla de la gracia en un territorio propiedad en gran parte del demonio ; y los cuentos de Enrique Álvarez podrían describirse como episodios de esa batalla, saldados con resultados muy diversos (y, con frecuencia, muy delicadamente ambiguos).

Mientras compartía con Enrique Álvarez las impresiones de lectura que me había dejado su libro, me atreví a ponderarle muy especialmente un relato que se me antojó perfecto. Se titula La ley; y narra la historia de don Saúl Hernández, un bondadoso y anodino sacerdote, a quien un día cualquiera empieza a molestar que todo el mundo lo considere un santo. Don Saúl lo es, en efecto; pero considera que su santidad carece de mérito, porque es una actitud vital que no le exige renuncia ni sacrificio, como a la rosa no le exige sacrificio abrir sus pétalos. Don Saúl, harto de esa santidad impecable y ramplona, toma entonces la decisión de pecar, siquiera por saber qué siente el común de los mortales. prueba primero a robar un poco del dinero de una colecta destinada a Cáritas, concibe también la idea de masturbarse, o de lanzar alguna blasfemia, o hasta de refocilarse con una prostituta. Pero una y otra vez descubre que no es capaz de pecar, que no siente ningún estímulo ante la expectativa de infringir la ley moral hasta descubrir que la libertad que le ha sido concedida al resto de los hombres, según la cual a cada momento toman decisiones que les permiten optar por el bien o por el mal, le ha sido negada a él. Don Saúl concluye entonces que es inmune a las asechanzas del demonio, no tanto por entereza como a causa de su irrelevancia; pero, entretanto, el mal se ha ido inmiscuyendo sigilosamente en su vida, como una filtración de agua venenosa. Naturalmente, no contaré el final del cuento, para no malograr su lectura a quien desee asomarse a las páginas de Soñar en serio.

Mi amigo Enrique Álvarez sonrió, pudoroso y aturullado, cuando le dije que aquel cuento me había parecido sublime. Tal vez con mi comentario había logrado hacer realidad el sueño de cualquier escritor, que anhela que descubramos aquel pasaje de su obra en el que alcanzó la cúspide de su talento. Yo estoy seguro de que Enrique Álvarez aún habrá de alcanzar otras muchas cúspides, porque ha sido rozado ¡qué digo rozado, henchido! del quod divinum horaciano.