Asalto en La Candela

La Candela parecía una cabaña que acabara de resistir un temporal. Todos sus muebles eran antiguos y crujían, y olía a humedad. Tenía detrás un jardín frondoso con una parrilla para los asados, una mesa para el póker de verano y espacio suficiente para jugar picaditos de cuatro contra cuatro. Estaba en San Rafael, cerca de un hotel de ladrillo que recordaba al de El resplandor y que antaño tuvo un casino que cayó en desuso cuando abrió en la Punta el gigantesco del Conrad, donde a veces en temporada cantaba Julio Iglesias. Veranear en San Rafael tenía el inconveniente de que había que conducir cerca de cuarenta kilómetros hasta la playa de José Ignacio, donde se concentraban el chic y las mujeres despampanantes de Punta del Este, y unos quince hasta las fiestas y los restaurantes de la Barra. Es decir, que ahí estábamos algo desplazados. Pero a los amigos no les importaba porque aprendieron a amar La Candela cuando todos juntos veraneaban allí de niños y seguían amándola, cargada de recuerdos, cuando todos los de la barra golfa dormíamos apilados en sacos de dormir, desayunábamos cerveza y Marlboro mientras alguien barajaba para las primeras manos o retaba con la pelota, y al abrir la puerta del cuarto de baño a menudo nos encontrábamos en la ducha una mujer desnuda que nadie sabía quién había traído. A veces no lo sabía ni el que la había traído.

Todos los veranos, durante una semana permanecían en La Candela sus propietarios, los padres de C. Procurábamos que durante esos siete días oliera a café y las amigas estuvieran vestidas, y nos contábamos los mismos chistes y las mismas anécdotas que el año anterior durante el asado de Año Nuevo, culminado con cohetería y fiesta en algún club de la playa o en la casa de algún conocido de Buenos Aires que al ver llegar al grupo suplicaba en vano contención. Los veranos de la infancia yo no los pasé en La Candela, pero por los que sí viví allí amo esa cabaña y a la gente con la que estuve dentro, al menos aquella de la que me acuerdo.

Además de los chistes y las anécdotas repetidos, en aquellos asados de Año Nuevo el padre de C. también hacía siempre el relato del acontecimiento más estremecedor vivido por La Candela. Cuando mi amigo y sus hermanos todavía eran adolescentes, en Punta del Este se hizo habitual una técnica de robo que consistía en gasear a las familias con un somnífero para hacer más profundo su sueño durante la noche. Así era posible desvalijar casas enteras sin que se enteraran sus ocupantes, que al día siguiente amanecían con dolor de cabeza y ante el frustrante decorado del hogar allanado. Así despertó una mañana La Candela. Profanada. Destripada. Con el olor algo irritante del gas prendido todavía del ambiente. El padre de C. siempre insistía en lo conmovedor que le resultaba imaginar a los asaltantes moviéndose cerca de sus hijos sin haber podido defenderlos. Después de aquello instaló una alarma cuya horrísona sirena saltaba sistemáticamente todas las madrugadas cuando regresábamos de fiesta. De hecho, saltaba varias veces por noche si nos habíamos dispersado y volvíamos cada uno por su cuenta.

Cuando hizo inventario para averiguar qué le había sido robado, a la familia le sorprendió que los ladrones no se llevaran una cámara de fotos que pareció quedar olvidada. Ellos trataron de superar el susto tremendo y continuaron con el veraneo, dispuestos a que el robo no se lo arrruinara. Aquí nos acercamos al escalofriante desenlace de la historia, que todos los asados de Año Nuevo relataba el padre de C. mientras a su alrededor, borrachos ya de clericó y cerveza Brahma, los amigos nos esforzábamos por contener la risa. Terminado el verano, regresada la familia a Buenos Aires, el padre de C. llevó a revelar los carretes de la máquina que no fue robada. En las fotografías que le entregaron descubrió que estaban ellos mismos narcotizados y también los asaltantes de la casa. Los ladrones posaban riendo mientras se introducían por el culo sus cepillos de dientes.