Imposturas

La súbita celebridad alcanzada por el joven y delirante impostor Francisco Nicolás Gómez-Iglesias, bautizado por los medios como ‘el pequeño Nicolás’, vuelve a delatar (envuelta en ropajes jocosos) la atracción irresistible que nuestra época siente hacia la impostura y el fingimiento, que reputa medios válidos (¡y aun envidiables!) para obtener fama y dinero. Durante cinco años, el pequeño Nicolás se hizo pasar por agente de los servicios secretos, apoderado de la Casa Real, asesor de la vicepresidencia y hasta hijo ilegítimo de Juan Carlos, para poder colarse por la jeta en pachangas liberaloides y saraos áulicos y así poder estafar a los pedorros que se cruzaban en su camino; y lo cierto es que, viendo los derroteros por los que se desenvuelve la política patria, podría decirse que su presencia en tales lugares resulta congruente. El pequeño Nicolás se alza así como un símbolo de la pacotilla, que tal vez sea la expresión más quintaesenciada de esta España convertida en patio de Monipodio y casa de tócame Roque, por culpa de sucesivas generaciones de gobernantes ineptos o malvados.

La impostura del pequeño Nicolás, aunque aderezada con sus ribetes de esperpento o astracanada, se incorpora así a una copiosa prosapia de suplantaciones verídicas o fantasiosas. Recordemos, por ejemplo, el caso del célebre falsario Giuseppe Balsamo, el misterioso conde Cagliostro, que concebía la vida como una comedia en la que quiso representar siempre el primer papel. Pero, sin duda, los suplantadores que mayor celebridad han alcanzado son aquellos que han pretendido usurpar la identidad de personajes regios (¡o de sus vástagos, como el pequeño Nicolás!), que al parecer poseen un magnetismo especial para el impostor. Así, por ejemplo, se han registrado más de cuarenta casos de pretendidas suplantaciones del hijo de Luis XVI y María Antonieta, el malhadado Delfín de Francia; y durante un tiempo circularon por Europa varias mujeres desquiciadas que se pretendían Anastasia Romanov, asesinada por los bolcheviques durante la revolución de 1917. Algunos de estos impostores, en su afán por hacer más verosímil su suplantación, o poseídos por la aureola trágica del personaje suplantado, llegaron a someterse a extenuantes interrogatorios y pesquisas policiales, incluso a amagar con suicidarse, antes que reconocer su engañifa, o tal vez plenamente convencidos de que su representación no era una engañifa.

En España el caso más sonado de impostura lo protagonizó un garrido mozo llamado Gabriel Espinosa, pastelero de Madrigal de las Altas Torres, que se atribuyó nada menos que la identidad del rey don Sebastián de Portugal, muerto o desaparecido en la batalla de Alcazarquivir, en un trance histórico delicadísimo, como el de la incorporación de la corona portuguesa a la española, por falta de descendencia directa del monarca lusitano. Gabriel Espinosa, haciendo gala de una estupefaciente sangre fría y una jeta de feldespato, alentó las ensoñaciones de los portugueses, y hasta logró embaucar a doña Ana de Austria, infanta de España, alimentando la leyenda de un rey perseguido por la envidia de Felipe II y errante por el mundo. Naturalmente, se trataba de un embeleco grotesco; pero su propia inverosimilitud lo hace más fascinador, pues resulta en verdad alucinante que un rústico pastelero, sin formación ni vínculo alguno con la nobleza lusitana, tuviese cuajo para provocar semejante escándalo, que finalmente acabaría con su ejecución, dando origen a una leyenda alimentada durante siglos, que no deja de ser una variante de la historia quijotesca. Pues también el hidalgo Alonso Quijano, al soñar que era caballero andante, estaba usurpando una identidad que no era la suya, pero tal vez más verdadera que la suya propia.

Naturalmente, el pequeño Nicolás carece de la grandeza quijotesca del pastelero Gabriel Espinosa; y comparado con él parece un chisgarabís irrisorio (aunque ni más ni menos que los personajes a los que el pequeño Nicolás gustaba de arrimarse, comparados por Felipe II). Su antecesor clásico más evidente se nos antoja el Buscón de Quevedo, que ya desde la escuela se mostraba adulador e interesado; y que, en su afán de medro, llegó a tomar el disfraz de caballero, imitando su parla, mudando de nombre y haciéndose llamar con el don por delante. Y es que el pastelero Espinosa era hijo si se quiere tronado de una España con pujos de nobleza espiritual; el pequeño Nicolás es hijo más caradura que tronado, como quien sabe que sus fechorías no lo conducirán al patíbulo, sino al trending topic de una España degradada en la que el dinero es el único arancel con que se miden las cualidades humanas.