¿Ha concluido realmente la Transición?

Si hubiera que elegir dos cuestiones que me permitieron a mí y a otros muchos olvidarnos alegremente del exilio unos años en Gran Bretaña, así como de algunos de los grandes tropiezos que hicieron posible la Transición, no lo dudaría ni un instante. En el retorno del exilio hubo quien lo hizo posible, perdonando parte de lo pasado y recalcando que no se iban a pedir cuentas por el tiempo recién transcurrido. En el encaje de la Transición, la mayor parte de la población aceptó durante un tiempo que se confundieran mayorías con minorías y, en definitiva, que Montesquieu no siempre tuviera razón. Por lo menos durante un tiempo.

Sobre el primer punto siempre recuerdo al que era entonces ministro de Industria español, al que la BBC me había asignado seguir durante su visita oficial a Gran Bretaña. ¿Por qué no vuelve usted a España? , me repitió con interés y simpatía el ministro. La verdad medio escondida es que en España fue la derecha quien dirigió la Transición, por lo menos en la fase inicial. De los liberales anarquistas tan influyentes en regiones como Cataluña durante la Guerra Civil no quedó ni rastro.

Recuerdo vagamente y me he referido a ellas en otras ocasiones los nombres de Ilusión, Libertad y Primavera, que adornaban la vida callada de tres de mis vecinas en el pueblo de Vilella, en el Priorato, donde mi padre ejercía la profesión de médico rural; apenas se aludió a ello, pero yo creo que era el único miembro del antiguo Partido Comunista que figuraba como secretario general técnico en el primer gobierno democrático de la Transición.

El segundo gran error de la Transición, que impide su continuidad, es el empecinamiento de los amigos encaramados en el poder en no aceptar que la famosa separación de poderes no se había concluido. Los vencedores de la Guerra Civil y de la Transición política aceptaron postergar las reformas fundamentales, hasta que llegara el momento adecuado para todos. Tal vez no todos los jóvenes postergados entonces recuerden ahora cuáles eran las reformas esperadas. se aplazaba la entrada en vigor de la democracia, hasta que se contara con partidos políticos con la fuerza suficiente para dotarlos de los representantes de los propios ciudadanos, en lugar de los representantes de los partidos políticos.

La ‘Transición Benevolente’ aceptó también renunciar de momento a la famosa división de poderes. el Deliberativo, el Judicial y Ejecutivo; entre otras cosas porque nadie aceptaba en los políticos de entonces que el Poder Judicial no lo eligieran también ellos. Recuerdo perfectamente conversaciones mantenidas con políticos de carácter benevolente a los que intenté convencer de que una cosa no podía ir sin la otra. Yo lo había aprendido en el exilio.Hubo muchas otras reformas aplazadas en aras de la Transición, como la del Senado, prioritaria para dar cabida al poder real de las autonomías, que ya se estaban pergeñando. Lo de menos era de lo que más se habla ahora. la corrupción, el número escandaloso de aforados o el recurso innecesario al Estado. La verdad es que se trata de reformas solo aplazadas hasta que llegara el momento. Ese momento ha llegado y es difícil postergarlo, todavía más, por el tiempo ya transcurrido.

“Me voy un rato, pero volveré”. No es el momento para soltar grandes discursos diciendo a mis lectores que me voy un rato. Me extrañaría que alguno de esos lectores no entendiera las razones. Llevo un tiempo hablando menos. Pero continuaré publicando libros de vez en cuando, como el último, titulado Viaje a la vida. Más intuición. Menos Estado, editado estos días por Destino. Y volveré a este espacio de encuentro con los lectores de XLSemanal, pero con una periodicidad mensual, para contarles quiénes son mis científicos favoritos y por qué. Nos vemos dentro de un mes .