El derecho a delirar’

Esta fecha de hoy me invita especialmente a escribir cosas como las que se suceden a continuación. Es precisamente hoy cuando considero oportuno escribir de un libelo divertido y delirantemente sensato acerca de la realidad diaria de la Cataluña de hogaño. Ramón de España, periodista de la mejor Barcelona que he conocido, escribió hace poco El manicomio catalán, un ácido y desternillante retrato de la realidad político-social del noreste peninsular. El libro, sujeto a cinco ediciones, no fue en ningún momento referido por los medios de comunicación catalanes -a excepción de una cita que del mismo hizo Françesc de Carreras-, ni tampoco exhibido en las librerías de la comunidad, que lo ocultaban temerosas de violar alguna sensibilidad nacionalista con iracundas consecuencias. Vuelve ahora, y ahora es precisamente indicada su lectura, con un rotundo y políticamente incorrecto volumen titulado El derecho a delirar, en el que desfilan los acontecimientos acaecidos desde el 11 de septiembre de 2013 hasta hoy y que hacen pensar al autor que sus conciudadanos se han vuelto literalmente locos, dejándose alienar con técnicas norcoreanas y poniéndose a las órdenes de un par de arpías que se atreven a decirle al Gobierno catalán lo que tiene que hacer, cómo, cuándo y dónde.

Los delirios de esta Cataluña en la que las interlocutoras válidas son un par de monjas y otro par de mesiánicas activistas, están consiguiendo motivar la risa de la ciudadanía española en general cuando comprueba que la ensoñación catalanista está más cerca de Walt Disney que de los iconos con los que pretende relacionarse, Martin Luther King o Ghandi. Las fantasías de ayer y hoy, especialmente hoy, son las que les corresponden a un régimen en el que se suceden varias realidades infestadas de delirio. desde la catalanidad de Colón, Cervantes o santa Teresa hasta los deseos indisimulables por asignarle a Cataluña un futuro homologable a Kosovo o a la aldea de Astérix. Delirante es que el jefe de la oposición y el socio del Govern sean la misma persona, el plañidero y gemebundo Oriol Junqueras, o que la heroína de la independencia subvencionada, Carmen Forcadell, parezca una suerte de Pilar Primo de Rivera en modo orgánico septentrional. Es delirante, señala con cruel acierto Ramón de España, que en la España de Franco solo se pudiera ser español de una manera y ahora, que se puede ser español según le plazca a cada uno, se imponga en Cataluña una sola forma de ser catalán. Ya dijo José María Aznar y perdón por citar al malvado Belcebú que este proceso no dividirá especialmente España, sino que fracturará de forma perversa a Cataluña.

Esta es una revolución de pequeños burgueses. Pequeños burgueses egoístas. Pequeños burgueses educados en la factoría independentista de la escuela catalana. Ser nacionalista es lo más previsible, burgués, rancio y mediocre que puede ser un joven, y a ello se dedican con innegable y enternecedora contumacia. No les interesa explorar ningún otro escenario ni territorio ideológico que aquel que alimenta el único plano dimensional en el que han sido formados. Asegura Ramón que si en Madrid se exhibiese tanta camiseta y tanta bandera de forma correctamente organizada y alineada como se hizo en las últimas performances del independentismo catalán, hoy estaríamos hablando abiertamente de fascismo. Los primeros en decirlo serían los miembros de esa pandilla de leninistas cuyo discurso era viejo cuando Ramón y yo, que somos contemporáneos íbamos a la universidad, y que ahora parecen los magos de todas las soluciones populistas.

Miren, hagamos cuentas hoy, precisamente hoy. el independentismo de pata negra nunca fue más allá del 20 por ciento; tampoco fue menos. Sostiene Ramón de España que el otro 25 por ciento es fruto de la manipulación y de sus aparatos de agitprop, TV3, Cataluña Radio y la prensa subvencionada. Y del gregarismo humano. Ese 25 por ciento puede convertirse en una panda de borregos que vuelva a cambiar inmediatamente de opinión. Y el 30 por ciento que dice que no sabe o no contesta sí sabe. solo espera a decir qué es lo que más le conviene. Todo, por lo tanto, no está perdido.

Recuerden. El derecho a delirar. La Esfera de los Libros. Ramón de España. Hay libros que parecen escritos para días muy concretos. Como este domingo.