Comida de hermandad

Conocí por amigos comunes a un italiano que tiene una heladería en Roma. Soy consciente de que la presentación del personaje no ha debido de resultarles demasiado prometedora. Esto ha sido como intentar crear interés con un valenciano que posee una arrocería en la Malvarrosa. No sé si poner a Sophia Loren a despachar bolas de helado con un gran escote antes de que ustedes escapen. No. Mejor sigo con la historia. A ver si remonta.La heladería no era exactamente una tapadera. Pero sí un negocio secundario. El italiano era un conseguidor. Y uno especializado en futbolistas profesionales. Si omitimos las armas de fuego y los asesinatos, su ocupación podría parecerse a la de Ray Donovan. Era un proveedor que jamás apagaba el teléfono móvil y que surtía a los futbolistas de lo que pudieran necesitar, desde orientar en una tarde de compras hasta tramitar matrículas escolares. También se ocupaba de cuestiones colindantes con lo ilegal.

Cuando lo conocí, nuestro heladero contó alguna anécdota. En cierta ocasión, el entrenador de un club de la Serie A manifestó a sus jugadores que les faltaba unión, sentido de la camaradería. Un argentino dijo que en su país eso solía resolverse como en la aldea de los galos. con un asado de confraternización. Él se ocuparía de organizarlo, con ayuda del conseguidor, a quien llamó para hacer la primera de la que serían varias consultas. dónde conseguir la carne, el vino y los chorizos adecuados. Hubo discusión en el vestuario acerca de si había que incorporar a las esposas e hijos al asado. Supongo que ese debate lo ganaron los solteros, porque al rato se decidió que las esposas e hijos no serían invitados al asado, pero en cambio sí ocho o nueve prostitutas de cuya localización, como en el caso de la otra carne, se ocuparía el conseguidor. No le resultó difícil. Tratándose de futbolistas, dijo, lo desconcertante sería que te pidieran conseguir una primera edición de Maquiavelo.

El día del asado todo estaba dispuesto en casa del futbolista argentino. Incluso un servicio de camareros con librea blanca y pajarita. Las chicas llegaron en minibús. Los futbolistas, en sus coches, que fueron conformando un parque móvil espectacular a la puerta de la villa. Con los primeros tragos fue caldeándose el ambiente y pronto se escucharon en el jardín carcajadas femeninas, probablemente los primeros fingimientos. De pronto, algo ocurrió. Sonó el timbre. Nuestro heladero acudió a abrir. Y descubrió al indagar por la mirilla que el media punta alemán, que no había asistido al debate sobre a quién se debía invitar, aguardaba delante de la puerta con un pastel en una mano, su esposa cogida con la otra y, detrás, sus tres preciosas niñas rubias vestidas con deliciosos diseños tiroleses. ¡Un momento, ya abro! .

El conseguidor dio la alarma y las ocho o nueve mercenarias fueron encerradas en una habitación. Hubo incluso que ventilar el salón antes de abrir, tal era la intensidad de sus perfumes. En algún momento del almuerzo, mientras las niñas jugaban a juegos que les organizaba el heladero, la esposa del media punta alemán se disculpó por la confusión que había provocado que fuera la única mujer presente. Querrían ustedes estar a solas y hablar de cosas de hombres . Que no se preocupara en absoluto, respondían los jugadores, algo alicaídos. No podían evitar desviar a veces la mirada hacia la habitación en la que permanecían encerradas todas sus promesas de juerga. El heladero, furtivamente, les pasaba comida por la ventana. Y también agua y cerveza, pues las chicas se quejaron del calor en el encierro.

Al capitán del equipo se le exigió que se comportara como tal y explicara al media punta alemán lo que estaba ocurriendo. Este se disculpó y se fue entrada ya la tarde. Cuando las prostitutas fueron liberadas, a nadie le quedaba demasiado ánimo de fiesta. Pero, al recordar la anécdota en el vestuario durante la semana, al reírse juntos, descubrieron que se había obrado el milagro de la confraternización. De eso se trataba.