Un postre delicioso

Ingredientes. 150 g de huevo, 40 g de yema de huevo, 150 g de azúcar, 20 g de ralladura de naranja, 200 g de zumo de naranja, 40 g de zumo de limón, 1 vaina de vainilla, 100 g de mantequilla y una hoja y media de gelatina. Además. 400 g de crema de naranja y 100 g de nata montada. Para el granizado. 150 g de agua, 100 g de azúcar, 375 g de chacolí y 1 hoja de gelatina.

Elaboración.

-Del granizado. se ponen el agua, el vino y el azúcar en un cazo y se lleva a ebullición, para disolver el azúcar. Se deja entibiar, se añade la gelatina ya hidratada, se mezcla y se vierte todo en una bandeja. Se congela. Se ralla el granizado con un tenedor y se conserva en el congelador.

-De la crema. se mezclan los huevos, las yemas, el azúcar, la ralladura de naranja, los zumos y la vainilla en un cazo. Se cuecen a fuego bajo mezclando 10 o 12 minutos con una cuchara de madera, hasta que esta nape. Se echan las hojas de gelatina y se deja entibiar. Con la mezcla a 40 C se echa la mantequilla en dados. Se mezcla con la túrmix y se reserva.

Acabado. se monta la nata y se mezcla con lo anterior, hasta lograr la crema, que se vuelca en recipientes y se deja enfriar 3 horas en la nevera. Se acompaña con el granizado, coronándolo todo.

Reinos de humo, por Benjamín Lana

Antes del botellón

A los niños del baby boom nos daban vino mucho antes de que se nos marcara la sombra del bigotillo. Aún no se habían descubierto las bondades para la salud de sus compuestos polifenólicos, ni el famoso estudio Monica había demostrado que el riesgo de morir de un infarto en Toulouse donde se bebe mucho más tinto era mucho más bajo que en Estrasburgo. El garrafón de clarete igualaba a todas las clases sociales y tenía una homogeneidad geográfica modélica. ¡Cuánto ha ayudado La Rioja a construir España! Los millones de litros que bajaban del garrafón de mimbre a las gargantas no eran todos de Tondonia, Riscal o Vega Sicilia, pero los españoles de entonces éramos menos exigentes con las cosas. Un padre hacía magia en la mesa con los vasos de agua infantiles echándoles un chorrito de tinto.

El paladar aprendía a disfrutar con sabores no azucarados y maduraba pronto. Un tío abuelo el mío, Jose Mari daba al chaval medio vasito de su mejor garnacha como ceremonia de iniciación, a los diez años. Sin permiso paterno y con el placer de lo prohibido se lo llevaba a la bodega a oler y probar de las barricas y a picar olivas. A los 12, ya en presencia del cabeza de familia, un chiquito entero. Se buscaba el disfrute en sí, la socialización por la palabra, no por el efecto del alcohol. Pasaba en un rinconcito navarro, como en pueblos de Requena, Orense o Valladolid, donde unos chatos con los amigos suplían la falta de polideportivos. Entonces, y quizá por todo esto, no se había inventado el botellón. @uncomino