La quincha del corral de Antonio

Antonio no tendría más de siete años cuando empezó a trabajar. ¿Qué infancia era aquella?. pues la de los niños que nacían en los años veinte y treinta del siglo pasado, en localidades rurales y en el seno de familias humildes. No era tan extraño. En Villarrobledo, Albacete, a punto de empezar el páramo de la posguerra, Antoñito Sarrión no fue el único niño que comenzó a ayudar a su padre, albañil, en los trabajos que le encomendaban. Era fuerte, animoso y decidido, con lo que puso ahínco en cada obra que el padre emprendía y dedicó todo su tiempo a juntar algunas perras y a tirar del carro. No es mal comienzo para alguien que ha acabado impulsando y presidiendo una de las más preciadas empresas de construcción de carreteras del continente. De aquella empezó a moverse por su provincia y por la vecina Valencia, en uno de cuyos pueblos conoció a Virtudes, a la que cortejó con empeño y a la que no dejó de rondar hasta que le dijo que sí y pasaron a formar una familia con un porrón de hijos. Hoy, algo menos de sesenta años después, siguen abrazados, con lo que habrá que concluir que algo tiene el amor, tan puñetero él.

Volquete a volquete Antonio hizo algunos duros, no dejó de trabajar ningún día de su vida y construyó más carreteras de las que pueda recorrer andando en dos o tres existencias. Y compró algunas tierras por la zona en la que instaló sus reales. Entre Utiel y Requena, Sarrión se hizo con algunos viñedos de aquellos que generaban vino básicamente para la exportación, para la venta a granel, para el acuerdo a peso. Uno de sus hijos, Antonio, el primogénito, consideró que no era mal asunto dedicar los conocimientos de sus estudios empresariales a hacer de aquel vino sencillo un producto excepcional. Así nació su Finca Mustiguillo y el producto que hoy en día brinda un vino absolutamente excepcional. Quincha Corral.

Quiero recordar que lo probé por primera vez al poco de embotellarse merced al consejo del sumiller del Goizeko Wellington, el templo del gran Jesús Santos en Madrid o uno de ellos. me pareció uno de los vinos más sorprendentes probados en los últimos tiempos. Y más cuando me comunicó el origen. Abrí los ojos y las papilas gustativas y me interesé en conocer algún detalle de la confección de esa sangre soberbia. Es cuando supe de la historia del chaval de Villarrobledo, de la búsqueda de pequeños viñedos y de la elección, uva a uva, de los mejores ejemplares surgidos de viejas cepas de bobal para confeccionar ese vino con nombre tan singular. Pocos daban un duro, la verdad, por la uva bobal y por los vinos de la Comunidad Valenciana hace poco más de quince años. Valencia, y concretamente su parte norte, había visto mutar a Jumilla y Yecla por el sur, a Mancha y Manchuela por el oeste, a los interesantes somontanos por el noroeste y multiplicarse a los vinos catalanes que pueblan su mirada hacia arriba. Fue entonces cuando comenzó la renovación en Utiel y Requena, empezando a sustituir volumen por excelencia. Los Sarrión entendieron que para confeccionar un vino de referencia había que seleccionar con mimo y buscar un elemento diferenciador. recuperaron la uva bobal y entendieron que de cada cuatro o cinco uvas había que descartar cuatro para criar su mejor marca, esa que lleva nombre de la quincha más cercana al corral de la finca. Carnoso, intenso en color y fruta, es un vino completado según añada con algo de cabernet o tempranillo. No demasiadas botellas, pero muy buenas. Mucho.

Antonio, el inquieto chavalín que empezó a ayudar a juntar ladrillos a su padre, está hoy jubilado, aunque con un ojo abierto en permanente vigilancia de los negocios. Con ochenta y un años, carga con troncos que los demás solo pueden hacerlo si van en pareja y asegura que hace la mejor paella de aquellos campos. Antonio hijo, mientras, viaja por el hemisferio sur para tomar nota de las vendimias de aquellas zonas. Las cosas no suelen pasar por casualidad. Suelen ser consecuencia de muchos años de trabajo y muchas horas de dedicación. Trabajo y dedicación que luego nosotros nos bebemos.