El chico de la moto

Vi Rumble Fish en aquel cine de verano que antaño instalaban en el Retiro, junto a la Chopera. Dos pantallas contrapuestas, de forma que los disparos de una interferían en los momentos románticos de la otra. Aquello era nuestro Cinema Paradiso, con lodo hasta los tobillos cuando se descargaban tormentas virulentas y las corrientes de agua arrastraban los envoltorios de las patatas fritas. Era bueno pasar esos momentos con una chica, cambiaba el concepto de buscar refugio.

En Rumble Fish, Mickey Rourke era el chico de la moto, una engañifa existencialista para adolescentes que nos tenía fascinados y convencidos, como después con Belmondo, de que había que existir á bout de souffle . Rourke aún conservaba el rostro sin demoler cuando añadió al sexo con Kim Basinger más ornamento frutal que el que llevan ahora los gin-tonics. Luego desapareció, se lo tragaron los noventa. Y, cuando regresó, ya tenía el rostro monstruoso, como si le hubieran hecho la cirugía estética con los complementos de Mister Potato, que daba énfasis a la confesión de que hacía años que solo lo querían sus chihuahuas. Parecía haberse destrozado a conciencia, como en una exageración de las técnicas de sacrificio del Actors Studio, para perfilarse entre tinieblas en Sin City y para coronar su carrera con el papel de El luchador. Ese pobre segundón de la lucha libre, más parecido a un residuo circense, que vivía miserablemente en una caravana y seguía dándose barrigazos en rings decadentes aun sabiendo que podían costarle la vida.

Mickey Rourke parecía haber puesto al fin bajo control la tendencia al malditismo. Estábamos ante otra historia de superación, otro come back de un espectro olvidado, como el de Travolta cuando Tarantino lo puso a hablar de hamburguesas en Pulp Fiction. Pero Rourke parece un esclavo de su propio personaje. Es un empecinado de la autodestrucción. Y por eso, a los 62 años, ha repetido el acto inaugural de su perdición cuando lo tenía todo. despreciar el cine y ponerse a boxear. Evidentemente, con combates más o menos amañados, este último en Rusia, que solo pretenden vender morbo con el señuelo del gran actor.

Esto no lo recuerda tanta gente, pero en su primer ciclo como boxeador, Mickey Rourke hizo en Oviedo, en diciembre de 1992, una escala memorable. El reverso tenebroso de la visita con la que Andy Warhol animó la Movida. Basta recordar aquel viaje con unas cuantas pinceladas para comprender por qué, a diferencia de Woody Allen, Mickey Rourke no tiene estatua en Oviedo. Fue un sucio espectáculo de galpón que por añadidura eliminó las virtudes del boxeo y dio sentido al título pugilístico de Jack London, Por un filete.

El que todo lo hizo por un filete fue un pobre desgraciado, Terry Jessmer, que se prestó al tongo para que Mickey Rourke pudiera lucirse. Lo que no esperaba Jessmer es que Rourke resultara ser un tipo cruel que se ensañaba. En esos casos, aceptas un par de trompadas, finges un par de combinaciones, y cuando el combate se ha prolongado lo suficiente te caes y piensas en cómo salir de allí cuanto antes, ya desprovisto de dignidad pero con el filete, cuando el árbitro termine la cuenta de diez. Pero Rourke pegó duro y quiso hacer daño. Tanto que el público se lo reprochó, y él lanzó cortes de manga y peinetas que preludiaron las peleas que tendrían lugar de noche. El combate lo organizó Telecinco, por lo que todo se volvió más chabacano cuando irrumpieron en el ring las Mamachicho. En las sillas de ring estaban la reina de los calendarios de taller mecánico, Samantha Fox, y Grace Jones, a quien Poli Díaz dedicó una especie de baile erótico. Ya ven, estaba la noche como para buscar el boxeo tal y como lo escribió Norman Mailer. Rourke se fue entre abucheos, con un peto de cuero sin nada debajo, con las botas del combate, sin ducharse, a la discoteca donde le habían organizado una fiesta. Hay testimonios contradictorios acerca de la cantidad de personas que él y Poli Díaz pegaron en fratría tabernaria.