Un acento italiano

A principios de los dos mil, un amigo y yo recibimos una invitación para asistir a una boda de gente bien en el hotel Llao Llao de Bariloche, junto a un lago y entre montañas. Muy hermoso lugar. No era temporada de esquí, por lo que Bariloche estaba transitable, apenas circulaban todoterrenos polvorientos que habían cruzado la cordillera desde Chile. Almorzábamos casi a solas en restaurantes de madera en los que era inevitable el enorme expositor de chocolate. Habíamos logrado alojamiento en casa del padre de un amigo de Buenos Aires que vivía solo. Durante el vuelo, mi compañero jugó a crearme un misterio acerca de nuestro anfitrión, que llegó en los años cuarenta, que dice que es italiano, pero ya me dirás si te suena italiano.

La casa era una cabaña alpina muy acogedora, construida sobre una altura desde la cual se oteaba un lago bucólico. Había perros sueltos, pero eran amistosos. El viejo nos abrió la cerca cuando llegamos con el coche de alquiler. Para tratarse de un tipo con fama de eremita, su aspecto era impecable. Camisa planchada y abotonada hasta arriba, corte de pelo reciente, buen estado de forma a pesar de la edad, propio de alguien que fue atlético en la juventud. Cuando dijo buenas tardes , comprendí aquello de lo que fui advertido en el avión. Conocía el acento musical y la gesticulación con que hablaban español los argentinos nacidos en Italia y llegados con la inmigración de los barcos de la Boca. Esto era otra cosa. Casi una parodia del acento alemán tal y como me habría salido a mí si hubiera intentado hacer reír a alguien imitando a Hitler. Italiano muy del Tirol, dejémonos de joder.

Nos enseñó la habitación que debíamos compartir y nos invitó a merendar en el porche antes de que partiéramos a la primera fiesta del largo fin de semana nupcial. Conversación liviana. Apenas un qué tal va todo en la gran ciudad. Pero a mí me mataba la curiosidad. Con una asociación de ideas absolutamente grosera que comenzó con un comentario acerca de lo parecidas que eran estas montañas de Bariloche a las europeas de los Alpes, casi se siente uno allí, este es el lugar que cualquiera elegiría para no extrañarlas, terminé clavando la pregunta que no ganaría el premio a la sutileza de esa tarde. Esta es una comunidad pequeña. Fuera de temporada, seguro que se conocen todos. ¿Conoció usted a Erich Priebke? . Me desdeñó completamente, no se alteró, no le interesó, se puso a preguntar por los estrenos de la calle Corrientes.

Erich Priebke, oficial de las SS implicado en la matanza de las fosas Ardeatinas, dirigía un colegio en Bariloche y era un líder social en una comunidad de mayoría alemana que siempre tuvo fama de haber refugiado con gran secretismo a diversos nazis huidos a través de la red Odessa. Una teoría algo loca dice que incluso Hitler llegó a Bariloche, pero esto se volvió aún más surrealista cuando Carlos Perciavalle, un artista de cabaré, fue por las teles asegurando haberlo avistado como a Elvis en un restaurante almorzando con Eva Braun. Disculpe. ¿El señor Führer ? . Priebke se sentía tan protegido en Bariloche que cuando, en los años noventa, un reportero de la cadena ABC llamado Sam Donaldson lo abordó en plena calle la escena está en YouTube, el ex-SS, con su sombrerito tirolés, confesó quién era en realidad con la misma naturalidad con que habría respondido a la pregunta ¿tiene usted hora? . La confesión provocó, sin embargo, una petición de extradición desde Italia contra la cual protestó toda la sociedad de Bariloche. Priebke murió ya centenario el pasado año en el apartamento de Roma donde, en consideración a su edad, se le permitía cumplir la cadena perpetua. Tal vez lo recuerden, porque se habló mucho de su cadáver itinerante, rechazado en todos los pueblos que temían que su cementerio se convirtiera en un lugar de peregrinación nazi.

Nuestro viejo murió algunos años después. Mi amigo me lo contó jugando otra vez al misterio. ¿Sabés? En los últimos días, se puso a putear a las enfermeras en alemán .