Las rueditas traseras

Admito que las pruebas de ingreso en la edad adulta son menos exigentes que antaño. Nada que ver con la agogé espartana o con la imposición de la toga viril en el templo de Mars Ultor (Marte Vengadora) que Augusto construyó en su Foro luego de matar a todos los asesinos de su padre adoptivo (y no es casual que los romanos ungieran hombres a sus niños en un templo consagrado a la guerra que albergaba los estandartes sagrados). Si he de rescatar algún momento fronterizo entre edades de mi propia vida, lo primero que recuerdo es cuando me fueron retiradas las rueditas traseras de la bicicleta con un destornillador que en realidad me desacoplaba la certeza protectora de la infancia. Salinger habría podido escribir solo con eso uno de sus relatos de chicos abrumados por la expulsión del campo de centeno. La muerte de mi padre supuso tiempo después la expulsión definitiva. Habrá personas que hagan coincidir ese tránsito con el primer sexo. Para mí, fueron unas rueditas desatornilladas y una muerte. El primer sexo me pilló ya en general escéptico, y eso que no fui tan tardío.

Durante las primeras pedaladas, mi padre me prometió que no soltaría la bicicleta. Por supuesto, la soltó sin avisar. Y yo seguí pedaleando sin caerme. Incluso giré. Y al cruzarme con mi padre comprendí que no podía estar al mismo tiempo sujetando la bicicleta. Tampoco entonces me caí, sino que me sentí triunfal. Ese recuerdo de infancia, adaptado ahora a mi condición de padre, me permite saber dos cosas. Que a veces la traición a un voto de protección ayuda más a un chico que la propia protección. Y que nunca sabemos qué momentos compartidos, aparentemente triviales para el adulto, se quedarán grabados para siempre en la memoria del chico, e incluso lo ayudarán a hacerse una idea de cómo era su padre si este falta prematuramente. Para saber qué clase de padre era mi padre yo tengo que apañarme con apenas un puñado de anécdotas muy remotas. Jirones de un retrato incompleto a partir de los cuales hay que construir el resto como hacen los antropólogos partiendo de una mandíbula encontrada en una excavación. Esos pedazos sueltos a veces son una frase alojada en la memoria para cuando tuviera edad de comprenderla. Es un modo de seguir conversando, tantos años después, sin recurrir a la güija.

Ahora que soy padre, y por si acaso llego a faltar demasiado pronto, procuro aplicar ambas enseñanzas. Sobre todo a medida que los chicos van entrando en la edad en la que ya se almacenan recuerdos. Poco a poco, sobre todo al primogénito, les voy retirando las rueditas en cuestiones aparentemente menores como cuando el mayor entrena con su primer equipo de fútbol, el CD Canillas, escuelita de hombres en transición, y yo jamás intervengo para que aprenda solo los códigos solidarios del compañerismo y para que se levante sin ayuda y sin queja cuando lo derriban las primeras patadas de su vida. Ni siquiera se trata de ganar. Se trata de cumplir con los demás como compañero que, como dicen los argentinos, se la banca y está ahí para los demás. Me gusta ver cómo los entrenadores instigan eso mismo obligando al grito coral con todas las manos juntas en corrillo. Tan pequeños, y ya tienen una pertenencia distinta de la de la familia, de la de las rueditas protectoras. Además, soy consciente de que todo cuanto digo o hago delante de ellos equivale a los jirones con los que ellos mismos confeccionarán el retrato del hombre que fui cuando me excaven en su memoria. Esto es una responsabilidad formidable. No puedo aspirar a alcanzar la medida del superhéroe, pero tampoco puedo permitir que se avergüencen de un solo recuerdo. Aunque sea agotadora en ocasiones, esa presión termina siendo enriquecedora también para mí. Porque es bajo la mirada de los hijos cuando por primera vez en mi vida he encontrado un motivo para tratar siempre de ser el mejor tipo que pueda haber en mí. Los aciertos de mi edad son, por tanto, obra suya, como si ellos ahora me hubieran soltado la bicicleta.