Cuando jugaba Pirri

A veces me siento en el parque, siempre en el mismo lugar. Y a veces, mientras estoy sentado en el parque, noto que me observa, como queriendo decirme algo, un hombre anciano y grueso, supongo que jubilado, que suele llevar sombrero y un periódico deportivo debajo del brazo. El otro día me habló por fin. Quería contarme que me parezco mucho a un amigo suyo de hace cuarenta años. Un amigo que llevaba barba cuando no era usual verla, con el que había trabajado en la construcción, con el que había compartido la decisión de mudar a ambas familias a unos edificios residenciales recién construidos en San Blas durante la expansión de la ciudad. Allí, los chicos crecieron juntos entre partidos de fútbol, meriendas en las chuleterías con patios cubiertos de parras que hubo donde ahora discurre, hegemónico, el asfalto de la M-30, e incluso expediciones estivales conjuntas. Su amigo era alegre y chistoso. Toda una personalidad. Pronunció su nombre como tanteando, para averiguar si yo estaba emparentado.

Lo cierto es que algunos de los recuerdos que mencionó, como el de los merenderos ya desaparecidos o el crecimiento de los barrios que ahora lucen fatigados, evocan mi propia infancia. Hablamos de cuando jugaba Pirri. Nosotros nos mudamos a otra expansión residencial, la de la Ciudad de los Periodistas al norte del barrio del Pilar, donde todavía pastaban ovejas como si los pastores se resistieran a abandonar espacios abocados a la siembra de grandes termiteros humanos. Y a lo mejor hasta nos cruzamos bajo alguna parra, esas familias y la mía, algún domingo de cuando apetecía salir a disfrutar del primer sol de primavera y el concepto de helado sofisticado era un corte de vainilla.

Un par de días después de nuestra primera conversación, el hombre se me sentó al lado, ya en confianza. Y varias otras veces volvió a hacerlo después. Admito que me resultaba un poco enojoso verlo llegar, porque al parque voy a estar solo un rato, a leer el periódico, a pensar en mis cosas, a sacarle una tregua al día entre una ocupación y otra. Pensé incluso en no regresar para evitarlo. Hasta que sucedió algo. Poco a poco. El hombre que al principio se fijó en mí porque me parecía, no ya a un amigo, sino a una época de su vida ya remota, de repente empezó a hablarme como si yo fuera el amigo y estuviéramos paseando juntos cualquier mañana de hace cuarenta años. Estaba contento porque yo no representaba un recuerdo, sino un reencuentro. Como cuando recuperas el tiempo perdido y te pones al día con alguien a quien la vida te hizo perder de vista hasta que cesaron incluso las llamadas telefónicas. Eso también me lo dijo el hombre, que en algún momento perdió mi número.

Yo ya había sabido de ancianos afectados por males semejantes, que confundían a personas contemporáneas con otras de su pasado y que se instalaban mentalmente en otra edad, en otro lugar. Mi propia abuela, durante sus últimos meses en Madrid, creía ver al otro lado de la ventana el puerto de Blaye (Aquitania) en el que fue niña. Allí se refugió, de allí no regresó más. Empezó a haber en la conversación una intimidad no correspondida. Me estaban adjudicando una vida que no era la mía, un amigo al que no recordaba. Solo por jugar, empecé a preguntarme. ¿Y si él tiene razón? ¿Y si soy un septuagenario sentado en un parque al que los estragos de la edad han dejado tan deteriorado que se cree un cuarentón activo al que alguien espera en alguna parte? ¿Y si vivo en San Blas? ¿Y si soy como ese personaje amnésico de Modiano que se investiga a sí mismo y va reconstruyendo su existencia con los retazos que le procuran antiguos amigos que no pueden creerse que no los recuerde? A lo mejor el hombre del parque estaba siendo paciente conmigo y prefería dosificarme la información porque se había dado cuenta de que yo estaba afectado por algún tipo de demencia senil o de estrés postraumático. Tengo prisa por volver al parque para seguir averiguando cómo fue mi vida y qué suerte corrieron los de entonces.