Un verbo que se conjuga poco

Hace unos días, la presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género hizo unas declaraciones en las que abogaba por prohibir los piropos, a los que considera, y cito textualmente, una auténtica invasión de la intimidad de la mujer . Según ella, la sociedad tiene la piel demasiado fina con respecto a este asunto y nadie tiene derecho a hacer un comentario sobre el aspecto físico de una mujer, porque supone una invasión. Leo la noticia y me pregunto si la señora Ángeles Carmona no tendrá ideas más felices para combatir tan terrible lacra social. Para empezar, le diré que anda muy atrasada de noticias. Como saben bien todas mis congéneres, hace ya mucho tiempo que en España no se oyen requiebros, galanterías ni piropos retrecheros que le alegraban el día a una. Por fortuna tampoco se oyen bastezas e insultos, pero, en nuestro afán de ser políticamente correctos, me temo que con el agua sucia tiramos también al bebé, y ahora ya nadie murmura un elogio ni en la calle ni en ningún sitio por miedo a ser tachado de machista. ¿De verdad cree la señora Carmona que se lucha contra la violencia de género ampliando la brecha ya existente entre los dos sexos? ¿Piensa de veras que el problema se acaba multando a un muchacho por intentar abordar a una chica en un bar, o a un compañero de trabajo por decir qué guapa estás esta mañana ?

Arguye la señora Carmona que en El Cairo las mujeres se ven obligadas a ir por la calle con auriculares o tapones en las orejas para no oír las ordinarieces que les dicen los hombres. No dudo que así sea, y por supuesto lo deploro, pero supongo que tampoco ignorará Ángeles Carmona que en Egipto se producen violaciones múltiples y otras atrocidades, por lo que prohibir el piropo parece un chiste, comparado con las medidas que habría que tomar parar erradicar la violencia de género. Comparto con ella, en cambio, mi perplejidad al ver cómo ciertas conductas que todos creíamos relacionadas con la cultura machista y con educaciones pretéritas persisten, sin embargo, en las nuevas generaciones. De ahí que las últimas campañas de concienciación estén destinadas ahora a explicar a las adolescentes lo que las mujeres adultas sabemos ya de sobra, que las actitudes violentas o dominantes por parte de sus parejas no son un signo de amor, sino todo lo contrario. Habría que reflexionar entonces qué se está haciendo mal en las escuelas y en las casas para que comportamientos de esta naturaleza sean tan difíciles de erradicar. Yo creo que la solución está menos relacionada con el verbo prohibir y más con el verbo respetar. Acepto que es más fácil apelar al primero que conjugar el segundo, pero a la larga es el único que funciona.

 ¿No sería mejor, en vez de prohibir que los hombres expresen su admiración por las mujeres, enseñarles las muchas y buenas razones que hay para hacerlo? ¿No sería más útil fomentar que, en los colegios, sean los propios niños quienes denuncien comportamientos machistas por parte de otros en vez de reírse y jalearlos? El problema con el verbo respetar es que no admite excepciones en su conjugación. De nada sirve, por ejemplo, que un padre le diga a su hijo que respete a su madre o a su hermana si él no lo hace. Y un maestro, por su parte, clamará en el más desolado de los desiertos recomendando a sus alumnos que traten bien a las chicas si no es un comportamiento que ellos vean en su entorno. Sé que el problema no es fácil y que tiene muchas aristas, pero me parece más sensato no perder la cordura ni el sentido común cuando se trata de lacras tan graves. Más aún, creo que voy a arriesgarme a defender todo lo contrario de lo que sostiene la señora Carmona. Un halago, un requiebro y un piropo bien dichos nunca le han hecho mal a nadie y son exactamente lo contrario de esos exabruptos groseros y faltones que, por fortuna, hace ya años que no se escuchan en ningún callejón ni en ningún parque de nuestras ciudades. Algo que para mí indica que sí hay esperanza para la plena conjugación del verbo respetar.