Una lápida en Melilla

Los límites de Melilla están marcados por el alcance de una bala de cañón lanzada desde una esquina de la fortificación militar de la vieja ciudad, lo que los lugareños llaman El Pueblo y que hoy -a diferencia de años atrás- presenta un aspecto espléndido. La bala pesaba poco, el cañón Caminante fue inclinado en ángulo debido y cargado pertinentemente, y las diferentes balas que marcaron los límites de la ciudad alcanzaron una distancia que permitió a los melillenses expandirse poco a poco en esa figura de abanico que se abrió después de los cañonazos. Corría la mitad del siglo XIX. Tiempo en el que nacía en la República Independiente de Motril un niño llamado Antonio Herrera del Álamo, que, con los años, estaría llamado a servir a su país como militar en la primera agregaduría militar en la embajada de Washington, en la Cuba española, en la que contrajo matrimonio con la criolla Amparo Zayas, y en la Melilla de final de siglo que vio crecer a sus hijos isleños. Antonio defendió la plaza española como joven teniente en la conocida como Guerra de Margallo, allá por 1893, y fue condecorado por ello.

Aquella fue una más de las muchas guerras de los españoles con los rifeños, tribus varias que rodeaban Melilla, y fue así conocida por ser gobernador de la ciudad Juan García Margallo, bisabuelo del hoy ministro de Exteriores. Era la Guerra Chica, preludio de las tragedias que asolaron la milicia española de las dos primeras décadas del siglo XX. Melilla no pasaba de lo que hoy se conoce como la ciudad vieja. fue a partir de la mitad de la década de los años veinte cuando aquellos huertos que rodeaban la fortificación pasaron a convertirse en la ciudad modernista que hoy conocemos y que no deja de asombrar a los visitantes que no tienen ni idea de a qué ciudad llegan. Herreras de tres generaciones ocuparon sus calles, viéndola crecer, primero en guerra y luego en paz, hasta hacerse un conglomerado agradable y cálido como el de hoy, en el que la materia prima de su mar es servida deliciosamente en sus muchos lugares de asiento. Desde Los Salazones a La Pérgola, pasando por La Traviata o el Club Marítimo, Melilla es un bocado delicioso servido con aire español, a fuer de peninsular y beréber, difícil de olvidar.

Iba buscando las calles en las que corría mi padre cuando niño y los rincones que también defendió mi abuelo una vez pasó de soldado a oficial. Y buscaba la lápida que recordaba al motrileño que dejó su vida en la ciudad allá por 1908, después de haber vuelto de campañas imposibles. La encontré. Y anoté que no estaba solo. El mármol rezaba que, además del comandante Herrera, también yacía su hijo político Federico Sabau, teniente de Infantería, muerto en 1921 en Monte Arruit. No podía ser otro que el joven marido de la tía Lola, aquel trueno cubano que tanto amenizó y cubrió de gracia la infancia y adolescencia de todos los sobrinos Herrera, que éramos un ciento. Monte Arruit es uno de los pasajes más trágicos de la historia del Ejército español. Un grupo numeroso de soldados españoles se refugió, después de escaramuzas varias, en una suerte de fortificación en la que poder evitar las acometidas de los salvajes rifeños de la época. Sin agua ni comida, aguantaron las acometidas bebiendo su orina y comiendo betún, hasta que aceptaron el ofrecimiento de rendición de los atacantes. Traicioneros y miserables, fusilaron a cada uno de los soldados que iban saliendo a campo abierto y entraron posteriormente a degollar y masacrar a los que habían entregado sus armas. El panorama puede verse en testimonios gráficos en la Red. Una de las páginas más estremecedoras de las guerras de nuestros militares se escribió en los aledaños montañosos de Melilla, parejos en desgracia al Barranco del Lobo o al Desastre del Annual. De pie ante las letras que recuerdan en un rincón del cementerio de la ciudad a dos españoles de ley, cometí una imperdonable emoción por compartir sangre y apellidos con héroes de una España mucho más difícil que la que hoy felizmente vivimos.