Ladrón de almas

Hace poco, tonteando con el mando a distancia, me encontré con una maravilla titulada Qué extraño llamarse Federico. Es una mezcla de géneros, película y documental, sobre Federico Fellini, rodada por uno de los mejores amigos que tuvo, Ettore Scola, cineasta octogenario, autor ya retirado de La familia y Macarroni, que regresó durante unas semanas a las cámaras para tratar de demorar el momento inevitable en que Fellini comenzará a ser olvidado por generaciones que apenas conservarán una brizna de recuerdo de un hombre que convirtió su apellido en adjetivo. Aquí, por cierto, seguimos sin incorporar berlanguiano al diccionario de la RAE. Cualquier día me encadeno a una ventana de la Academia como la baronesa Thyssen al plátano del paseo del Prado y no desisto hasta que los académicos claven con alfiler berlanguiano en su colección de palabras cautivas.

No es fácil acostumbrarse a la idea de que un gran amigo, cómplice creativo además desde la adolescencia de ambos en la revista satírica Marco Aurelio, ha muerto. Ese número de teléfono al otro lado del cual nadie responderá. Scola, que evita en todo momento el descenso a lo lacrimógeno, inventa para Fellini una forma burlona de inmortalidad que lo convierte casi en un duende, en un dios Pan, abocado a vagar por Cinnecitá. Toma las imágenes reales de la capilla ardiente de Fellini. Cuando el ataúd, escoltado por dos carabinieri de atuendo operístico, estuvo expuesto para una larguísima cola de romanos devotos en el mítico Estudio 5 en el que rodó casi todo. Luego, Scola se imagina que el muerto se escapa, con la bufanda y el sombrero característicos de Fellini, que los carabinieri echan a correr detrás de él con sus alabardas, y que esa fuga interminable que recorre los senderos vacíos de Cinnecitá, petrificados los decorados, se transforma en una eternidad de almas poco penitentes. Poco queda de aquella Roma.

El propio Estudio 5 sufrió un incendio alegórico que pareció la pira de un tiempo romano en el que se me cuelan hasta Gregory Peck y Audrey Hepburn viajando en Vespa por la ciudad. La Via Veneto, ya lo dije aquí hace poco, carece de alma, ya no es el apostadero de paparazzis dispuestos a saltar a un descapotable con la convicción de que los llevará a una historia. Y con Fellini sucede en las trattorias lo mismo que con Hemingway en los bares. es una marca de promoción turística que hace optativo el conocimiento de su obra. En Roma gastan fama hasta los camareros cascarrabias que inspiraron a Fellini un actor de reparto fugaz.

De los creadores admirados siempre me ha interesado su técnica para aprehender un universo, para obtener el material humano con el que se construyen las historias. No me refiero tanto a los que se convierten en cobayas de un gran proyecto autodestructivo con coartada literaria, como si crear fuera un ir haciéndose la autopsia. Pasada la edad adolescente, y me refiero a la mental, que a veces dura para siempre, es difícil que semejantes malditismos fascinen. Me refiero a aquellos que tienen una mirada y un oído con los que emulsiona el ambiente. En ese sentido, me gusta la figura del caminante, del flâneur casi inadvertido que va frotándose con ambientes y personas y luego, al llegar a la mesa de trabajo, se los sacude de la chaqueta para que caigan sobre la máquina de escribir.

A pesar de su personalidad expansiva, Fellini era un gran escuchador que le rapiñaba a Roma todos sus susurros. No lo hacía caminando, de esto acabo de enterarme por la película de Scola. Fellini era insomne, apenas dormía. Pero en cambio le encantaba conducir su coche, un desvencijado Mercedes, cuando las calles de la ciudad estaban casi vacías y por las aceras solo circulaba gente de la noche. Se llevaba un amigo a bordo, a menudo el propio Scola, y dedicaba la noche entera a invitar a subir al asiento de atrás a putas, noctámbulos, mendigos, condes crápulas y periodistas a los que escuchaba sin que ellos llegaran a sospechar que les estaba robando el alma.