El dedo acusador

Quizá la mayor bendición de vivir en un mundo mediático es la visibilidad que procura a causas, dramas e injusticias que de otro modo pasarían por completo inadvertidas. Gracias a los medios sabemos, por ejemplo, del sufrimiento de los afectados de hepatitis C, de la interminable historia de la violencia de género y de otras monstruosidades como la ablación de clítoris o el tráfico de órganos. Sin embargo, resulta que hasta el horror tiene fecha de caducidad en un mundo tan acelerado como el nuestro. Esta es la única explicación que se me ocurre para lo que está sucediendo con las víctimas de la talidomida.

Como ustedes saben, entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, el laboratorio alemán Grünental comercializó un fármaco, supuestamente destinado a combatir las náuseas en el embarazo, que produjo terribles malformaciones a los niños. Nada más conocerse los efectos del producto en cuestión, las familias de estos niños, unos sin piernas, otros sin brazos, algunos afectados en todas sus extremidades, pleitearon y ganaron para ellos multimillonarias querellas contra Grünental. Así ocurrió en el mundo entero, salvo en España, donde después de litigar durante años y años se les concedió a las víctimas una indemnización de 204 millones de euros para ser repartida entre todos los afectados. Increíblemente, sin embargo, en octubre de 2014, un tribunal de la Audiencia Nacional (me pregunto cómo duermen estos caballeros por las noches) anuló la tan largamente esperada indemnización aduciendo que la demanda contra Grünental había prescrito.

¿Han visto ustedes, desde entonces, a la opinión pública o a los protestadores habituales rasgarse las vestiduras y mesarse los cabellos ante tamaña injusticia? La cuestión ha merecido apenas unas líneas en los periódicos y un par de minutos en la televisión, nada más. AVITE, Asociación de Víctimas de la Talidomida, decidió entonces convocar algunas movilizaciones, pero parece como si su tragedia también hubiera prescrito. Hace unas semanas, por ejemplo, doscientas víctimas, en compañía de otros afectados venidos de diversos países de Europa, se concentraron para reclamar justicia ante las puertas del Palacio de la Moncloa, coincidiendo con el Consejo de Ministros. Convencidos de que el Gobierno está riéndose de ellos, optaron por llevar una guillotina para representar los brazos, piernas, pies y manos que Grünental les amputó antes de nacer. También un féretro para enseñar a la sociedad cómo se está acabando con las víctimas de tamaña monstruosidad tras cincuenta y nueve largos años sin ayuda. ¿Qué parte de nuestros cuerpos tienen todavía que cortarnos para que el Gobierno nos haga caso? , preguntaba uno de los afectados. Mientras otro, venido de Alemania expresamente para apoyar a sus compañeros españoles, recordó que se trata de un caso único y muy diferente a lo ocurrido en el resto del mundo, donde no solo no hubo que esperar sesenta años, sino que la justicia resolvió, obviamente, a favor de los afectados y no de una poderosa farmacéutica. Que nos detengan si quieren -comentaba irónicamente una de las manifestantes a las puertas de la Moncloa-. Si la Policía nos tiene que poner las esposas, sencillamente no podrá porque no tenemos brazos .

Tampoco tienen voz, lamentablemente. En este mundo hiperinformado y a la vez caprichoso y arbitrario en el que vivimos, la sordera acaba siendo selectiva. Hay tragedias que tienen eco y otras que no; hay víctimas con las que todos se solidarizan y otras a las que se prefiere olvidar. ¿Por qué? ¿Será porque muchas de las amputadas víctimas de la talidomida no tienen dedos acusadores que levantar contra la injusticia? En ese caso creo que deberíamos ser nosotros, que por fortuna sí los tenemos, quienes los alcemos para que no se olvide nunca esta tragedia.