Hombres nuevos (y V)

En la construcción del hombre nuevo democrático no basta con la deificación de los impulsos vitales (deseos y sentimientos). No basta tampoco con alcanzar ese estado de desarraigo que convierte a las personas y a los pueblos en masa amorfa y estandarizada, a la vez que exalta los individualismos más egoístas. Es preciso que el hombre nuevo democrático ‘internalice’ los paradigmas culturales que el sistema impone, hasta convertirse en un ser pasivo y gregario, sometido a consignas que confunde ilusoriamente con expresiones originales suyas. Para conseguir que la masa acepte como axiomas los sofismas más burdos, se requiere la imposición de métodos de ‘control social’ que hagan imposible toda oposición, muy semejantes a los anticipados por Aldous Huxley en Un mundo feliz. En esta novela, tal control se lograba mediante un mecanismo repetitivo que hablaba sin interrupción al subconsciente, durante las horas del sueño; en nuestra época se logra a través de la saturación mental lograda a través de los mass media, que llegan a convertir al hombre nuevo democrático en un auténtico jenízaro de las ideologías (negociados de izquierdas y derechas) que sostienen el sistema, de tal modo que abrace las calamidades y desgracias que poco a poco lo convierten en un felpudo como logros que lo elevan a una nueva dignidad.

Este proceso de alienación (que incluye la creación de un neolenguaje que codifica la realidad en unos parámetros ‘políticamente correctos’) ha sido sagazmente diseccionado por el pensador marxista Herbert Marcuse, quien sin embargo cree grotescamente así lo afirma en Eros y Civilización que un desarrollo no represivo de la libido conduciría a una civilización auténticamente libre; cuando lo cierto es que esta liberación de la libido ha sido junto con la entronización del consumismo el método esclavista que el sistema ha elegido para sumergir al hombre nuevo democrático en un marasmo de placentera irresponsabilidad que confunde con la felicidad. Y, en épocas de crisis, cuando los efectos afrodisiacos del consumismo sólo están al alcance de unos pocos, la liberación de la libido (lo que Chesterton llamaba la religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad y nosotros, menos finamente, derechos de bragueta) se convierte en el ‘soma’ con el que las masas curan sus penas y olvidan su vida desarraigada y sus sueldos misérrimos, hasta alcanzar ese estado de animalización colectiva que hogaño se denomina socarronamente ‘felicidad’.

Para alcanzar este grado de animalización feliz que completa la fabricación del hombre nuevo democrático es fundamental erradicar el libre albedrío. B. F. Skinner, uno de los máximos exponentes del conductismo, llegó a desarrollar técnicas de condicionamiento operante (en realidad ingeniería social) que permiten programar al hombre, logrando que su conducta se adecue a lo que el educador determina a priori. Y hasta llegó a escribir una curiosa y escalofriante novela, Walden Dos, en la que se describe una sociedad utópica científicamente construida que funciona siguiendo al dedillo tales técnicas. El propósito de Skinner es mostrar las ventajas de esta sociedad idílica; pero, involuntariamente, nos ofrece un catálogo de horrores en donde el buenismo (pues Walden Dos es una sociedad de la que han desaparecido los comportamientos agresivos) y la disolución de la familia fundada en lazos de sangre dan paso a una sociedad tecnocrática donde la resolución de todos los problemas es confiada a la ciencia, mientras la educación se encarga de hacer felices a todos y cada uno de los miembros de tal sociedad, convirtiéndolos en individuos con capacidad de autorregulación de su conducta que reaccionan siempre de forma previsible, mediante la repetición idiotizante de conductas ‘positivas’ que exorcice el fantasma de la depresión.

En realidad, tales métodos educativos son los mismos que preconizan los manuales de autoayuda, las terapias de superación personal y demás morrallas euforizantes con las que el sistema trata de tapar las grietas del proceso de fabricación del hombre nuevo democrático, ese pobre y felicísimo pelele que ha sido despojado de su libre albedrío y su autonomía moral. Y todo ello sin violencia, tal como había anticipado Tocqueville. Es así como cada día el poder convierte en menos útil y en más raro el empleo del libre arbitrio; es así como encierra la acción de la voluntad en un espacio menor. La igualdad prepara a todos los hombres para todas las cosas; los dispone a sufrirlas y a menudo, incluso, a mirarlas como un bien .

Disfrutemos como enanos de las conquistas del hombre nuevo democrático.