Arte y moral

Siempre me ha parecido asunto de gran importancia el de las relaciones entre arte y moral, sobre el que tanto se ha escrito. Y sospecho que, cuanto más se escribe, se hace de un modo más insatisfactorio, bien porque quienes lo hacen niegan que el artista deba hacer juicios morales, bien porque se afirma que tales juicios son imposibles, bien porque no se entiende que el arte puede ser moral, tratando inmoralidades, o viceversa.

En sus Orígenes de la novela, Marcelino Menéndez Pelayo observa que La Celestina, obra que trata asuntos muy sórdidos y describe multitud de situaciones que el pudibundo (¡sobre todo el pudibundo de otras épocas!) calificaría de inmorales, gozó desde el primer momento de ‘franquicia’ entre los consultores del Santo Oficio. Algo semejante ocurrió en la Antigüedad con muchas obras de contenido escabroso, que los censores decidían mantener íntegras y no mutilar de sus pasajes más obscenos, acogiéndose a la cláusula propter elegantiam sermonis (es decir, ‘en atención a la elegancia de la obra’); de esta indulgencia se beneficiaron autores famosos por sus procacidades e irreverencias, desde Plauto a Lucrecio, y también otros posteriores, como Boccaccio o nuestro Arcipreste de Hita, que de otro modo hubiesen sido arrojados al fuego. El caso citado por Menéndez Pelayo resulta especialmente relevante, pues existe un dictamen sobre La Celestina escrito por Jerónimo Zurita, uno de los más severos consultores del Santo Oficio, en el que se rebela contra los hombres píos que consideran que una obra así debe ser prohibida, afirmando que para conocer estas materias es preferible que el lector acuda a libros de buenos autores que, si bien muestran el mal sin recato, también retratan los efectos del mal y el veneno que introduce en las almas, destruyéndolas si no lo combaten y lo vencen.

Y el caso es que, desde el momento primero de su publicación, La Celestina circuló libremente, hasta el extremo de que en menos de siglo y medio fue reimpresa en más de treinta ocasiones, sin contar las numerosas ediciones que se imprimieron fuera de España. ¡Y esto ocurrió durante las décadas en que la Inquisición era más poderosa y temible, la época de la Contrarreforma, que siempre se pinta con chafarrinones lóbregos! Sería a finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando ya la Inquisición estaba a punto de desaparecer, en un tiempo señala Menéndez Pelayo en que se iban perdiendo todas las costumbres castizas , cuando La Celestina fue incluida en el Índice. Pero para entonces se habían hecho dueños del Santo Oficio jansenistas y hazañeros (hoy diríamos puritanos y meapilas), que ya no entendían que el arte que retrata la inmoralidad puede ser profundamente moral, si se atreve a calificarla y a mostrar sus efectos, infinitamente más moral que el arte mojigato y buenista que no muestra la inmoralidad, que la esconde, que pinta un mundo de pitiminí y color de rosa. Pues este arte infantilizado y buenista, al eludir el mal y sus efectos, al negarse a entrar en ese territorio propiedad en gran parte del demonio (en expresión de Flannery OConnor), está negando la posibilidad del conflicto, o sea del drama, que es lo más propio y constitutivo del arte; y por lo tanto no es arte, sino fofa cursilería. Tampoco es verdadero arte, por cierto, aquel sucedáneo frívolo en el que las categorías morales se desdibujan hasta hacerse intercambiables; ni ese otro sucedáneo cínico en el que el mal se torna fatídicamente invencible y se niega la capacidad del hombre para combatirlo y derrotarlo. Curiosamente, estos tres sucedáneos de arte (el arte infantilizado, el arte frívolo y el arte cínico) no son arte verdadero por la misma y sencilla razón, que no es otra sino negar e imposibilitar la posibilidad del drama. Frente a estos sucedáneos, un arte pecaminoso como el de Baudelaire resulta profundamente moral, pues aunque trate cuestiones inmorales, no falsea la naturaleza ni los efectos del mal, ni niega la capacidad del hombre para enfrentarse a él y vencerlo, aunque muchos de sus personajes sucumban a su embrujo (como, por lo demás, ocurre en la vida, pues aunque la gracia siempre nos sobrevuela necesita que la naturaleza la acoja, para poder actuar).

Baudelaire, como Fernando de Rojas, podían ser artistas profanos, incluso artistas procaces, pero tenían muy buena teología; por eso sus obras son profundamente morales. Decía Barbey DAurevilly en el prólogo a Las diabólicas (otra obra profundamente moral de apariencia inmoral) que los pintores de nervio pueden pintarlo todo y su pintura es siempre bastante moral cuando es trágica e inspira horror hacia aquello que reproduce; sólo son inmorales los impasibles y los burlones .

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