Una casa en la costa

La amistad con Garci me ha contagiado su devoción por la edad dorada de Hollywood. Cuando los directores y sus guionistas, contratados por los estudios, escribían historias junto a una piscina de Beverly o en un gran hotel europeo y se concedían pausas para beber durante las cuales se enfriaba lo escrito. En el comienzo de su carrera, el propio Garci vivía así cuando se encerraba con Dibildos en una casa de Guadalmina para trabajar un texto durante tres meses con hábitos noctámbulos. En aquella época embrionaria de la Costa del Sol, en San Pedro de Alcántara apenas había un chiscón que despachaba pescado y una whiskería. Seguro que era un lugar más entrañable que este de ahora en el que es posible ver Bentleys con la chapa pintada de dorado.

En Marbella conocí al único superviviente procedente de aquel Hollywood al que he podido tratar. Peter Viertel. Marido de Deborah Kerr, guionista y novelista, autor de un libro de memorias, Amigos peligrosos, por el que desfilan todos aquellos personajes excesivos y memorables, desde John Huston hasta Hemingway, desde Ava Gardner hasta Dominguín, que convirtieron Europa, África y Cuba en un inmenso espacio recreativo en el que las películas y los libros fueron el pretexto para alcoholizarse, pelear, caerse en aviones, enamorarse, arruinarse y descubrirse de pronto un día viejos y arrasados. Viertel (don Pedro), que además liberó Dachau e introdujo el surf en España, vivía cerca del hotel Los Monteros, adonde iba a almorzar sándwiches y Coca-Cola en pantalón corto y con los calcetines subidos, en una casita blanca tan pegada a un campo de golf que las bolas/balas perdidas le dispersaban los gatos. Junto a la casa había un anexo que él usaba como despacho para escribir. Cada fotografía colgada de la pared daba para una hora de conversación y anécdotas. Viertel, además de apuesto y encantador, me pareció el único tipo que se mantuvo más o menos sobrio entre dipsómanos tremendos y el único con un temperamento lo bastante contenido como para no tener casi conflictos personales con ninguno de esos caracteres volátiles. En Amigos peligrosos, de hecho, sale a menudo levantando a alguien del suelo -a Ava, por ejemplo-, o reconciliando a compinches peleados, cuando no evitando que Hemingway cumpliera su malsano anhelo de boxear en una cancha de tenis con John Huston, que lo habría destrozado como exprofesional que era. Le gustaron las mujeres, eso sí, y no rompió bien con todas.

Vengo de pasar en la Costa del Sol unos días que me han reavivado la pasión por esa época y esas gentes. Por esa vida que no existe ya ni en Hollywood, tan decrépita que concede Oscar a las películas que le hacen la autopsia. Hace mucho que tenía pendiente visitar la casa que Garci y Andrea se han armado en esa costa, prolongación con el mismo sabor pop de la de Madrid. Entre el ritmo de trabajo y la familia numerosa, ya casi no recordaba cuán placentero puede llegar a ser dedicar tres cuartos de hora con un vaso en la mano a conversar despacio sobre por qué la cerveza ganó al vermut la batalla por las tabernas de Madrid o sobre las diferencias entre novela negra y novela policiaca. Sospecho que la de Garci no es una mudanza a otro lugar, sino a otro tiempo. Porque nada es casual en esa casa pensada para que el inquilino sea transportado al hogar en California de un guionista americano de los años cincuenta. Incluso la montaña vecina interpreta su papel, que es el de remedar las colinas de Beverly. Lo más importante de esa casa es que toda ella está concebida para escribir y para que no falle la provisión de alcohol en las pausas. En cada estancia hay una mesa de trabajo, como esperando la llegada de los guionistas, como pidiendo sonido de teclado. Con el follón a lo Alberto Closas que tengo montado en casa, ya no soy libre para hacer nada. Pero le tengo dicho a Garci que, para coronar la amistad, nos debemos mutuamente tres meses encerrados en esa casa para que nos visiten los espectros compartidos.