La felicidad en menos de 140 caracteres

Existe hoy en día el imperativo de ser feliz en todas partes, todo el rato -explica el filósofo Roger Pol Droit, autor de lo que llama un libro de fitness filosófico , que ha vendido ya más de 100.000 ejemplares en Francia-. En él defiende que lo que conduce a la sabiduría es la conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor. Según Droit, el problema es que hemos perdido tan elemental facultad porque vamos tan deprisa, recibimos tantos estímulos e imperativos bebe esto, compra lo otro, sé joven, guapo, enrollado, sensacional que se nos olvida disfrutar de lo que ya tenemos y así, de tanto anhelar nuevas fuentes de supuesta felicidad, solo logramos no alcanzarla jamás. Los orientales describen la felicidad precisamente así. Como la bella y esquiva sombra de uno mismo, esa que nunca se alcanza porque, a medida que uno camina, se mueve más allá.

Existen, ya se sabe, multitud de libros emperrados en explicarnos cómo atraparla. Hablan y filosofan sobre ella los políticos, los psiquiatras, los sociólogos, se convocan simposios, estudios, y quien más quien menos dice haber encontrado su propia fórmula, solo para descubrir que cuando cree que la tiene, ella se escapa de nuevo. La felicidad -o mejor dicho el deseo de alcanzarla- es, junto con la precariedad y la necesidad, una de las fuerzas que mueven el mundo. Si no hubiera precariedad y necesidad nadie buscaría paliar dichas carencias y progresar, y sin esperanza -que es al fin y al cabo el más bello sinónimo de la palabra felicidad- tampoco haríamos esfuerzo alguno por avanzar. Obviamente las tres fuerzas son necesarias y han logrado que la humanidad alcance el grado de conocimiento, civilización y sofisticación actual. Pero también nos están jugando una mala pasada.

Y es que, si bien cuando pintan bastos la felicidad es la consecuencia de algo de tener un bocado que llevarse a la boca, de sentirse a cubierto y poder proteger a la prole, para aquellos que ya tienen estas necesidades más o menos cubiertas, se ha convertido en un deber. Y muchas veces un deber estúpido. Para ser feliz tengo que estar más delgado, cambiar de coche, verme más joven, epustuflar al vecino La sociedad de consumo se ocupa de multiplicar estas carencias, las fomenta, las exacerba, y la crisis con su fea jeta no ha logrado hacernos volver a los parámetros razonables en lo que a anhelos se refiere. Al contrario, parece como si la felicidad fuera más que nunca una obligación, algo que se nos debe y que hay reclamar airadamente porque alguien -el Estado, la sociedad o el sursuncorda- nos la ha arrebatado. Otro error de bulto, por cierto, porque, como indican todos los filósofos desde que el mundo es mundo, si uno cree que su felicidad depende de los demás y no de sí mismo se hace aún más imposible atisbarla siquiera.

Hasta aquí lo que dicen otros, ahora les voy a contar mi teoría. Yo creo que la gran confusión a este respecto viene, por un lado, de un error de planteamiento y, por otro, de una pérdida de perspectiva. El error de planteamiento es que, si la felicidad es en efecto inalcanzable, intentar atraparla es ya de por sí una fuente inagotable de frustración y por tanto de infelicidad. La felicidad no es un fin, sino una consecuencia. Del trabajo bien hecho, de dar, de amar, de compartir, también de otros sentimientos mucho menos nobles y altruistas, es cierto, pero siempre una consecuencia de algo, nunca un fin. La pérdida de perspectiva la descubrí hace poco oyendo en la radio a una chica que en el 11-M perdió las dos piernas. Le preguntaron cómo había cambiado su vida después de la tragedia y, ante el estupor de todos, incluido el mío, respondió. Es muy simple, antes solía pensar en todo lo que me faltaba, ahora pienso solo en lo mucho que tengo . ¿No les parece la mejor definición? La felicidad en menos de 140 caracteres. Ni el señor Pol Droit ni toda la pléyade de filósofos en el mundo podrían haberlo dicho mejor y en menos palabras.