Mi fan número uno (I)

Llega la primavera y, con ella, las ferias del libro, donde se nos pide a los escritores que vendamos nuestra mercancía cada vez más demodée, echándole salero y sacando a relucir nuestra mejor sonrisa de vendedor de crecepelos. A mí esto de firmar libros en las ferias siempre me ha dado un poco de repeluzno, porque no me gusta verme expuesto en una caseta como si fuese un animal de zoológico, cuando uno siempre ha sido un animal, pero montaraz y arriscado, de los que enseñan enseguida la garra, por falta de mansedumbre o por velar pudorosamente su corazoncito. Además, el encuentro directo con el lector tiene el inconveniente muy grave de las decepciones recíprocas. con frecuencia, el escritor imagina que sus lectores son los más hondos y delicados, los más inteligentes y bondadosos, y luego se encuentra con lectores que no son bastos ni superficiales, lerdos ni malvados, sino tan sólo personas benditamente normales, y el muy gilipollas se entristece; pero, sobre todo, el lector tiende a creer que el escritor que le gusta es un genio sin parangón, brillante y simpatiquísimo, que habla como escribe y hasta un poco mejor, cuando lo cierto es que el escritor al natural desmerece mucho y suele ser persona vulgar, a veces catastrófica, que pone lo mejor de sí (si es que algo bueno tiene) en lo que escribe, dejando para la vida las escurrajas.

Yo, amén de persona muy mediocre, soy tímido por arrobas; de modo que estos encuentros suelen ser para mí un mal trago, porque casi siempre quedo fatal con los lectores que se me acercan, deseosos de saludarme y pegar la hebra y confirmar que soy ese tipo estupendo y dicharachero que en un rapto de insensato optimismo han soñado; cuando sólo soy alguien que su sobrado arrojo y su escaso talento lo pone en lo que escribe. Y que, si tiene el día nublado o tristón, puede llegar a ser el hombre más lacónico, trabado y pan sin sal del orbe, y desde luego uno de los más gordos. Además, cuando me toca firmar libros siempre me hallo un poco agarrotado y a la defensiva, porque alguna vez he tenido experiencias poco gratificantes que me han dejado hecho unos zorros. La más triste me ocurrió hace ahora dos años, aproximadamente; muchas veces me he prometido que no la contaría nunca, pero al callarlo durante todo este tiempo se me ha ido clavando en el alma, con su cenefita de pus, gangrena y negra bilis.

Había yo ido a firmar libros a sitio que no mencionaré, por no enfadar a mis editores, que a veces nos mandan a combatir contra los elementos. Entonces, aprovechando que yo no firmaba mucho, se me acercó un tipo muy desenvuelto y campechano, con una sonrisa llena de encías y un desparpajo de auténtico vendedor de crecepelos (y no fingido, como yo en aquella coyuntura). Y, recurriendo de inmediato al tuteo, me saludó muy aspaventero. Muy buenas tardes, José Manuel. Aquí tienes a tu fan número uno . Normalmente, el que confunde tu nombre no suele ser tu fan número uno, aunque en honor a la verdad he de confesar que mi nombre arrastra un maleficio, pues incluso amigos muy queridos han llegado a trabucarlo; así que, aunque algo humillado, estreché la mano que me tendía mi fan número uno, a la vez que lo disculpaba con esa sonrisilla mohína que adopto cada vez que me llaman con un nombre que no es el mío. Juan Manuel, Juan Manuel, caballero. Pero no se preocupe, que todo el mundo se equivoca . Quedó tranquilo mi fan número uno; pero yo no debería de haberme quedado, pues la experiencia me demuestra que quienes más ardorosa y confianzudamente se abalanzan sobre mí son quienes no me conocen de nada, sino de haberme visto en televisión hace media docena de años, mientras zapeaban en busca de señoritas enseñando muslamen o de futbolistas correteando por el césped. Resulta, en verdad, chocante y curioso, pero es una ley casi infalible. mientras quien de verdad nos respeta, aprecia o admira suele ser muy cauteloso y comedido en sus aproximaciones, llegando incluso a pasar a nuestro lado sin osar siquiera saludarnos, quien de nada nos conoce y nos confunde con Ágatha Ruiz de la Prada o Manuel Prado y Colón de Carvajal nos asalta sin rubor y con grandes alharacas, mientras cruzamos una calle con mucho tráfico o nos despedimos en el portal de un amigo, en la creencia de que debemos descuidar el tráfico o despachar a nuestro amigo, para atenderlo a él, como si fuese nuestra tía carnal, a la que no vemos desde que hicimos la Primera Comunión.

Mi fan número uno era, desde luego, de esta estirpe, pues antes de que yo pudiera balbucear una palabra tomó una silla vacía que a mi vera había y se repantigó en ella, dispuesto ¡ay! a charlar. No sabía yo lo que me esperaba. [Continuará].

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