El horror tiene fecha de caducidad

Repasemos algunos horrores recientes. El suicidio del copiloto de Germanwings llevándose por delante la vida de 149 inocentes; la muerte de setecientos emigrantes en una sola noche frente a las costas de Italia; el asesinato de un profesor a manos de un niño de trece años en Cataluña Todo esto por no hablar de otros espantos recurrentes, como el del interminable goteo de víctimas de la violencia machista o la retrasmisión en directo de las decapitaciones llevadas a cabo por el Ejército Islámico.

Al conocer cada una de estas noticias, nosotros, los bien pensantes, reaccionamos siempre igual. Primero nos horrorizamos y luego nos hacemos preguntas. ¿Cómo pueden pasar cosas así? ¿Qué le ocurre a esta sociedad nuestra? ¿A quién le echamos la culpa? Y por fin está la pregunta más incómoda, la que viene a empañar ese mundo Walt Disney en el que nos gusta vivir y que desechamos de inmediato por desagradable. ¿No será que el hombre es malvado por naturaleza? La no aceptación de la existencia del mal es un fenómeno reciente. Hasta hace relativamente poco, el mal era algo que nadie ponía en duda, todo lo más cambiaba su origen achacándolo a fuerzas, a veces, internas y, otras, externas al individuo.

Las fuerzas internas tenían que ver con las inclinaciones, el carácter, la naturaleza de la persona. Las externas, con un agente que tentaba al hombre y lo obligaba a actuar de determinada y malvada manera. La encarnación del mal era, obviamente, el Demonio que poseía esa alma bondadosa y la corrompía. Más tarde esta idea evolucionó hacia otra. Aquella que indicaba que en el ser humano no prima ser bueno o malo, que es ambas cosas a la vez, pero con la facultad de elegir un camino u otro.Entre tanto, logró colarse y ha hecho fortuna la idea roussoniana de que el ser humano es naturalmente bueno y que son las instituciones que no el Demonio las que lo pervierten.

El mal volvía así a ser culpa de un agente exterior, lo que ha venido a configurar nuestra idea actual de que somos seres miríficos y que, si alguna vez surge un garbanzo negro, la culpa la tiene el ambiente en el que creció esa persona, la sociedad malvada en la que vive, el egoísmo o despotismo de sus padres, los desengaños que tuvo o el mobbing que le hacían en el colegio. Todo esto es aplicable a los responsables de las tragedias que acabo de enumerar. El piloto de Germanwings sufría depresión por mal de amores; los emigrantes deben su desgracia a las mafias propiciadas por la incomprensión de los países desarrollados; los degolladores del Ejército Islámico deben su existencia a la xenofobia del mundo occidental; y, por supuesto, el niño de Cataluña era víctima de la violencia propiciada por los videojuegos y el mal ejemplo de lo que los chicos ven en la tele o en el cine. Siempre se encuentra un culpable. Es necesario hacerlo para que los buenos, es decir, nosotros, nos quedemos tranquilos diciendo. Esto no va conmigo. Yo soy una víctima más de una sociedad en la que el horror es apenas una excepción dentro de la normalidad, la calma, la bondad . Yo no soy tan arrogante como para pensar que tengo la solución a los brotes de maldad que surgen cada vez con más frecuencia.

Pero sí me gustaría llamar la atención sobre un fenómeno que me parece aún más peligroso que los brotes en sí. La violencia y la maldad han existido siempre y el único lado positivo de su existencia es que sirven de llamada de atención para que la sociedad se proteja de ellas y tome sus medidas. La paradoja es que ahora, en este mundo hiperconectado en el que todo se sabe al minuto, en vez de que esa información instantánea sea una ventaja, resulta que una noticia anula a otra. Pasan tantas y tan diversas cosas malas, buenas, escandalosas o chuscas que todo tiene necesariamente fecha de caducidad. Incluso lo más atroz, eso que nos espanta y hace que nos rasguemos las vestiduras durante un par de días. Pero luego se acabó. A preocuparnos y escandalizarnos por otra cosa sin tomar medida alguna contra el horror anterior. Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada , decía Edmund Burke en el siglo XVIII, y cada vez es más cierto en estos tiempos acelerados en los que todo, hasta lo monstruoso, es flor de un día.