Mi fan número uno (y II)

Mi fan número uno era un cuarentón que mostraba cierto apego a las modas indumentarias, como enseguida notamos quienes no tenemos ninguno, pues reparamos mejor que nadie en la cazadora fardona o la montura de gafas fashion que, en comparación, nos hacen parecer anticuados. Era muy desenvuelto y parlanchín; y no dejaba de hacerme lo que yo llamo elogios por elevación , que son esas flores que hoy lanzamos a Fulano y mañana podríamos dedicar igualmente a Mengano, aunque Fulano y Mengano sean antípodas, porque en sí mismas nada significan y sólo buscan la adulación más burda e insincera. Mi fan número uno me estuvo espolvoreando durante un buen rato con estos elogios de pacotilla, para enseguida soltarme una frase que tengo muy identificada. Yo es que pienso exactamente igual que tú . Y el tuteo que no falte.

Es esta una frase que me han soltado en varias ocasiones, siempre con afán de captar mi benevolencia; pero sólo logra captar mi enojo. Se trata de una frase muy servil y a la vez engreída, pues no existen dos personas que piensen exactamente igual , aunque sean almas gemelas (y, con frecuencia, son las almas gemelas las que son capaces de disentir en muchísimas cuestiones); pero lo que hace que la frase sea más repulsiva es su pretensión de disfrazar de piropo lo que tácitamente es una injuria. pues, al presentarse como una marioneta que piensa exactamente igual que la persona adulada, lo que en realidad el adulador insinúa es que la persona adulada es una marioneta que piensa exactamente igual que él; o, dicho con mayor precisión, una marioneta que el adulador hace pensar a su gusto y conveniencia, sin importarle un bledo lo que en verdad piense. A nosotros nos ha abordado gente que, por colaborar en ABC, nos felicita por nuestra defensa a ultranza de Rajoy; o que, por haber escrito un libro titulado Coños, nos consideran un pornógrafo tan experto como ellos; o que, por ser católicos, nos dan unas tabarras horribles con santurronerías neocones. En lo que demuestran que jamás nos han leído; o, de habernos leído, ha sido sin entender palabra. Péguy escribió que la tragedia de los escritores que nos ‘mojamos’ es que, a menudo, somos leídos por quienes no nos entienden, que sólo buscan en nosotros unas cuantas palabras talismán que les sirvan para reafirmar su pensamiento (muy distinto del nuestro, aunque ellos lo crean idéntico); mientras que quienes podrían comprendernos o nos comprenden demasiado bien evitan leernos, por prejuicio enquistado.Mi fan número uno, sin embargo, no pertenecía a ninguna de estas dos categorías descritas por Péguy, sino más bien a la de los caraduras que no nos han leído nunca, si acaso alguna vez de refilón o rebote. Así lo comprobé cuando, al preguntarle si era lector de mis artículos (pues que hubiese leído alguno de mis libros se me antojaba quimérico), me respondió que él había dejado de leer periódicos, pues era hombre al que le gustaba ¡ay, libertad, libertad, caramelito predilecto del lorito! ir por libre ; pero que alguna vez un amigo le había retuiteado alguno (o sea, de rebote), o había escuchado en la radio que comentaban algún otro (o sea, de refilón), y que siempre se había sentido muy confortado e identificado; por lo que se vio en la obligación de añadir muy hipocritón. Gracias a personas como tú somos muchos los que tenemos voz .

Esta frase también me la han dicho alguna vez, con sinceridad y sentimiento, personas que en verdad me apoyan del mejor modo que a un escritor se le puede apoyar para que su voz no sea apagada, que es leyendo nuestros libros. Pero puesta en la boca de mi fan número uno me revolvió las tripas, porque sabía que era frase más falsa que un duro sevillano. De vez en cuando, algún lector verdadero se me acercaba a que le firmara un libro, tímido y medroso, por temor a interrumpir la murga majadera de mi fan número uno, que por supuesto era de índole politiquilla; y yo los miraba con ojos llorosos, para que me librasen de aquel farsante, pero ellos no me entendían y se marchaban tan tímidos y medrosos como habían llegado. Cuando acabé de firmar, me levanté como un cohete de la mesa, procurando despegarme de mi fan número uno, que con una sonrisa de oreja a oreja me dijo sin cortarse, con una naturalidad risueña. Yo no compraré hoy tu libro, José Manuel. Voy a esperar a ver si lo cuelgan en interné para bajármelo . Juro solemnemente que lo dijo. Y se marchó tan pincho y risueño como había llegado, después de estrechar mi mano como si quisiera estrujarme las falanges.

Supongo que Dios querrá que los escritores que nos vamos quedando sin voz pasemos estos tragos, en castigo por nuestros muchos pecados.