‘Fofisanos’

Ahora me entero de que a los gordos el sistema (vade retro Satana) nos quiere convertir en tendencia, bajo el remoquete memo de ‘fofisanos’. Al parecer, el ‘fofisano’ es un grado intermedio entre el gordo desparramado y el petardo de gimnasio; o sea, el gordo acomplejado con su tímida barriguita, sus michelines discretos, su culete medianamente fondoncillo, etcétera. Por supuesto, los reportajes sobre ‘fofisanos’ siempre se ilustran con fotografías en las que Leo DiCaprio muestra tan campante su barriga cervecera, para que los gordos acomplejados piensen quiméricamente ¡cuitados! que ellos también van a ligarse a la colección de rubias que el actor atesora en su currículum enciclopédico. En estos reportajes también se asegura que hay muchas mujeres que prefieren este tipo de hombre, pero siempre por razones narcisistas. porque no las hace sentir culpables o inseguras si ellas, a su vez, tienen la tripa fofa o las cartucheras cargadas; porque, teniendo a un ‘fofisano’ por novio o marido, ellas pueden presumir de ser las guapas de la pareja; porque acurrucarse contra la barriga de un petardo de gimnasio provoca tortícolis, etcétera. ¡Cursiladas y mamarrachadas! , que diría Manolo Morán en Bienvenido, míster Marshall.  

Como puede apreciarse, esta moda de los ‘fofisanos’ es una campaña-montaje para que los gordos acomplejados no se derrumben anímicamente, después de probar tropecientas mil dietas estériles; y para que las gordas reprimidas se consuelen pensando que el gordo acomplejado que les arrima cebolleta en la clase de pilates es el hombre fashion por excelencia. En otras épocas, el gordo era un millonario que se ponía cebón a fuerza de banquetear; por eso a los banqueros los dibujaban en las caricaturas clásicas con un barrigón como un mapamundi. En nuestra época, por el contrario, los banqueros son más flacos que una anchoa, porque se miden con cronómetro las calorías; y los gordos han pasado a ser los pobres de solemnidad, que sólo pueden alimentarse con comida basura llena de grasas saturadas y ni siquiera pueden permitirse el modesto lujo de pagarse un gimnasio; o bien los tíos como yo, que pasamos de llevar una ‘vida saludable’ y nos cagamos en los gimnasios, las dietas y la madre que los parió y las parió a todos y todas. Al sistema no se le escapa que el gordo es potencialmente peligroso, porque en su aceptación (forzosa o voluntaria) de la gordura subyace un rechazo de la propaganda sistémica que puede convertirlo en un elemento subversivo; pues un tipo que ha logrado resistir la imposición de unos cánones estéticos dictatoriales puede ser también impermeable a los mantras del sistema. De ahí que el sistema se saque de la manga inventos grotescos como este de los ‘fofisanos’, para que el gordo acomplejado, a la vez que se reprime para no desparramarse, piense ilusoriamente que su gordura contenida también mola a las rubias de Leo DiCaprio.

Pero un gordo como Dios manda no admite que lo llamen ‘fofisano’ ni mariconadas semejantes. Un gordo como Dios manda no necesita campañas orquestadas para apuntalar su autoestima. Un gordo como Dios manda persevera en su gordura y no se avergüenza de su barriga oronda, porque sabe que la barriga es al gordo lo mismo que la melena a Sansón, que despojado de ella se amustia de melancolía y se convierte en un mingafría. Un gordo como Dios manda no pisa el gimnasio ni por recomendación de Jane Fonda y se ríe de las dietas como de los chistes malos, con condescendencia y hastío. Un gordo como Dios manda, en todo caso, se vigila el colesterol y los triglicéridos; y, mientras el colesterol y los triglicéridos no se salgan de madre, vive su gordura con alegría y naturalidad, como un don venido del cielo que, en la otra vida, le permitirá tener un cuerpo más glorioso que nadie; y que en esta vida lo exonera de hacer el ridículo en verano, enseñando chicha por la calle, que es lo que hacen los palurdos.

Ser un gordo como Dios manda, sin complejos ni fofisanías mentecatas, tiene por lo demás muchas ventajas materiales y espirituales, que ya hemos glosado en algún artículo anterior. Está comprobado que los gordos somos menos intransigentes con las debilidades ajenas, que amamos con más abnegación y entusiasmo, que somos menos propensos a la cólera y que nos tomamos a chirigota esas tragedias cotidianas que desazonan a los flacos. Por todo ello, los gordos como Dios manda nos ligamos a las rubias con la misma facilidad que DiCaprio; con la única diferencia de que pillamos las rubias listas, dejando las tontas para Leo. Pero los ‘fofisanos’ ni listas ni tontas ni mediopensionistas; porque los acomplejados nunca se comieron un colín.