Holmesiana

Decía Somerset Maugham que la vida del más anodino de los hombres, escrutada exhaustivamente, nos causaría pasmo. Y es que, en efecto, todos escondemos en el castillo de nuestra intimidad, guardadas celosamente bajo siete llaves, pasiones, aficiones y preferencias que preferimos apartar de la curiosidad ajena, a veces porque en efecto juzgamos que causarían desagrado o decepción entre nuestros allegados, a veces simplemente porque son aficiones cuyo disfrute pleno nos exige soledad. A mí, que soy un hombre con fama de sesudo, me ocurre sin embargo que me gustan mucho los subgéneros, tanto cinematográficos como literarios; y como mostrar esa afición a las claras podría decepcionar a mis allegados (o, por el contrario, encandilarlos, pero en cualquier caso trastornando la imagen falsa que de mí se ha hecho) he llegado a convertirla en lo que los anglosajones llaman un guilty pleasure, alimentado a hurtadillas. Entre los subgéneros literarios que disfruto como un enano, sobre todo en el relajo de la estación estival, se cuenta el pastiche holmesiano, cuya lectura me brinda placeres mayores que las propias novelas y relatos de Conan Doyle. Muchas veces me he preguntado la razón de esta predilección tan peregrina; y he llegado a la conclusión de que la lectura de los pastiches holmesianos actúa sobre algún aposento inexplorado de mi alma, devolviéndome a esos gozosos pasadizos de la infancia en los que la lectura era una pura aventura, un confortable placer en pijama y pantuflas.

Pastiches holmesianos los hay de todos los gustos y pelajes. Han cultivado el subgénero escritores de talento (como J. M. Barrie, el creador de Peter Pan) y folicularios de baja estofa. Algunos, para evitarse denuncias, han jugado a cambiar el nombre del protagonista (como hizo Maurice Leblanc, que enfrentó al ladrón de guante blanco Arsenio Lupin con un inconfundible Herlock Sholmes) y otros han preferido elegir como protagonistas de sus relatos a personajes secundarios de Conan Doyle tales como el inspector Lestrade, el villano Moriarty o Mycroft, el hermano de Holmes. Y, en fin, son numerosísimos los pastiches holmesianos que juegan a cruzar a la criatura de Conan Doyle con diversas celebridades de su época, tales como Karl Marx, Sigmund Freud, el mago Houdini, Jack el Destripador, Aleister Crowley u Oscar Wilde; o incluso con otras criaturas de ficción, como Fu Manchú, Drácula o Tarzán. Comprenderá el amable lector que no todos estos pastiches constituyen ‘alta literatura’.

En España también contamos con cultivadores ilustres del pastiche holmesiano, entre los que merece destacarse el genial e irrepetible humorista Enrique Jardiel Poncela, que dio a la prensa la descacharrante Siete novísimas aventuras de Sherlock Holmes. Más recientemente, ha cultivado el subgénero el prolífico Rodolfo Martínez, que introduce a Francisco Franco en uno de sus pastiches. Pero mi holmesiano predilecto es sin duda Javier Casis, un escritor logroñés lleno de finura espiritual y retranca que escribe con una suerte de bondadosa mordacidad (si la contradicción es admisible), recreándose en la elipsis y el escamoteo. Javier Casis, que tiene algo de ángel malévolo, es un bibliófilo empedernido y un infatigable husmeador de la literatura fantástica victoriana; y en los últimos años ha publicado tres suculentos pastiches holmesianos en los que brilla su carácter a la vez elusivo y socarrón, y los primores de un estilo que en apariencia parece circunspecto pero que siempre esconde subterráneas ironías y sarcasmos. Después de la novela Holmes and Watson (1903-1904) y del volumen de relatos Los cuadernos secretos de Sherlock Holmes, donde rescataba ocho aventuras inéditas del inmortal detective, se atreve en la reciente Regreso a Baskerville Hall (publicada por la editorial Siníndice) a completar El sabueso de los Baskerville, sin duda la aventura más célebre de Holmes. La novela de Casis, que no en vano incorpora a modo de atrio una carta apócrifa de Henry James, es un homenaje a los personajes y atmósferas de Conan Doyle (en el que no faltan exhibiciones del método deductivo holmesiano, ni peripecias bizantinas con ocultamientos y arcanos familiares), pero también un relato maravillosamente otoñal, lleno de morigeración y melancolía su acción transcurre casi dos décadas después de la primera visita de Holmes a la mansión de los Baskerville y salpimentado de exquisitas sugerencias, alusiones y elusiones que contribuyen a crear un clima de misterio apenas pronunciado. Javier Casis ha vuelto a alimentar, un verano más, mi afición por el pastiche holmesiano, devolviéndome el gozo infantil de la lectura en pijama y pantuflas.