Tomasín en Ruiloba

Es peligroso hacer indagaciones acerca de los buenos recuerdos de infancia, porque suelen estar idealizados. Es mejor mantenerlos intactos, como un territorio sentimental al que acudir para encontrar compensación a los fracasos, las pérdidas, el desgaste espiritual, la hipocondría y la ansiedad del tiempo que se acaba. Es decir, compensación al hecho de ser adulto. Los recuerdos infantiles y los espacios donde nacieron son el campo de centeno de Salinger. Someterlos a escrutinio es como expulsarse uno mismo de allí. Vean, si no, lo que le ocurrió el otro día a un primo mío, que además es uno de mis mejores amigos de siempre, en Ruiloba, el pueblo de la Montaña al que ambos estamos apegados desde que nacimos. Él más, porque él es de allí, porque en su casa solariega hasta llamaron una vez a la puerta los maquis Juanín y Bedoya para contrabandear con algo robado, mientras que yo apenas alcanzo el grado de veraneante al que obligaban a masticar cangrejitos vivos que echaban pompas y tocaban las castañuelas con las pinzas para sacudirle la pátina urbanita.

Mi primo se encontró por Ruiloba, por el barrio de la Iglesia, junto a la bolera y el mesón La Cigoña cuya cocina tantas veces saqueamos de críos, con Tomasín. Llamarlo Tomasín es una reminiscencia, un hábito adquirido, porque ha de ser un tipo metido ya en la cincuentena que no se parecerá nada a aquel muchacho enjuto que pasaba petardeando con la moto en aquellos veranos de cuando entonces. Tomasín lo llamaban en el pueblo y también nuestros padres. No sé si él es consciente, pero Tomasín fue siempre un personaje inolvidable en nuestras vidas, las de todos los primos y hermanos, porque nuestros padres nos confiaban a él para que nos sacara al monte. Estos días azules y este Sol de la infancia. Jugábamos al escondite dentro de maizales enormes, observábamos bichos en los ríos, escalábamos, asábamos chorizo, volvíamos sucios y agotados, y Tomasín era un capitán que nos tenía a todos jerarquizados en grados militares en función de lo responsable que veía a cada cual. De verdad que lo amábamos todos. Ese hombre es una estatua de nuestro campo de centeno.

Hasta aquí, todo va bien. La cosa empezó a torcerse el otro día, con el encuentro junto a la bolera. Tomasín y mi primo se abrazaron con gran afecto, y mi primo volvió a decirle que atesoraba los recuerdos de entonces, que estaban entre lo mejor de una vida que últimamente ha sufrido algunos golpes. El refugio sentimental, ya lo he dicho. Nada ocurrió durante el encuentro en sí. Tomasín y mi primo se dieron otro abrazo de despedida, supongo que hicieron votos para encontrarse algún día para comer o beber un tinto, porque para jugar al escondite en un maizal estamos todos muy grandes. El desastre ocurrió después.

Mi primo vino a casa a almorzar luego de encontrarse con Tomasín. Estábamos varios de la familia, por lo que enseguida, mojado Tomasín en el café con leche proustiano, la conversación derivó directamente hacia aquellos años. En algún momento, como de pasada, tuve la curiosidad de preguntar a mi madre qué propina daban los padres a Tomasín a cambio de las hazañas bélicas que nos inventaba. Mi primo se quedó lívido. ¿Cómo? ¿Lo hacía por dinero? ¿Él también? . Mi primo ha llegado a una edad ya algo avanzada sin ser padre. Por eso no comprende algo obvio para los que somos cabezas de familias numerosas. que cualquier padre pagaría gustoso en vacaciones para que le sacaran los niños de encima durante días enteros y que nadie se quedaría a solas con una horda infantil sin obtener a cambio algún tipo de compensación. La presencia del dinero me parece por tanto lógica y no me arruina el recuerdo. Pero para mi primo fue fatal. Porque, viniendo de algunos golpes, de muchas decepciones y de personas que se aprovecharon de él, a lo mejor llegó a creer que el de Tomasín había sido el único amor puro, familia aparte, que la vida le había dispensado. A los 44 años, tuvo que enterarse de que Tomasín también fingía los orgasmos.