Decadencia

Afirmábamos hace un par de semanas que progreso material y civilización son conceptos que nada tienen que ver entre sí; y que a veces, incluso, pueden resultar conceptos antípodas, si el progreso material no se subordina a las necesidades de orden moral y espiritual que fundan y sostienen una civilización. Cuando ocurre lo contrario (cuando el progreso se antepone a las necesidades morales y espirituales, llegando a sepultarlas, o manteniéndolas a modo de perifollos retóricos), la decadencia de esa civilización ya ha comenzado. He aquí una verdad infalible que, misteriosamente, los hombres de todas las épocas se obstinan en ignorar, pretendiendo que la civilización que los cobija está inmunizada contra el mal que a otras anteriores las corrompió, hasta aniquilarlas. Se trata, sin duda, del engaño más trágico y reiterado de cuantos recorren, a modo de estribillo aciago, la historia de la Humanidad.

A este engaño contribuye, en gran medida, otro hecho paradójico. Con frecuencia, las civilizaciones que han iniciado su decadencia muestran un aspecto falsamente saludable, como el del comensal que sonríe ahíto un segundo antes de que lo fulmine el infarto. En efecto, casi todas las civilizaciones que han sucumbido lo han hecho en un momento que, aparentemente, era el de su mayor esplendor; un esplendor con pies de barro, sostenido sobre un progreso puramente material, pero muy resultón y aparente, tan resultón y aparente que provoca engreimiento en quien lo padece. Hemos escrito padece porque tal esplendor aparente es la enfermedad más nociva de cuantas pueden aquejar a una colectividad humana. a veces se reviste de prosperidad económica, a veces de avances científicos y técnicos, a veces de formas políticas primorosas, a veces de todos estos oropeles juntos, en apoteosis esplendorosa que preludia un aparatoso derrumbamiento. A estas civilizaciones revestidas de esplendores de pacotilla les sucede como a las momias, cuyo aire hierático se puede confundir con un aire mayestático, cuyo aspecto amojamado se puede confundir con sobriedad y nobleza, cuya mirada fija y taladrante nos impide determinar si son jóvenes o viejas (aunque determinar tal cosa carece de importancia, pues ante todo están fiambres).

El progreso material, cuando no está animado por un impulso espiritual, arrastra a la decadencia. Y es una decadencia que nace del hastío, del cansancio, de un malestar sin forma, una gangrena que se va apoderando imperceptible, casi voluptuosamente, de personas e instituciones, un agostamiento paulatino e indoloro que las va enfermando de escepticismo y desesperanza. La etiología de esta enfermedad es muy sencilla, pues es la misma que la de la planta que ha sido arrancada del suelo que le daba sustento. Las civilizaciones siempre se agostan y pudren cuando son arrancadas de la fuente de su alegría y vigor, que en último extremo es religiosa; pero, absurdamente, piensan que podrán suplir esa fuente de alegría y vigor mediante ídolos diversos. El ídolo sucedáneo más socorrido a lo largo de los siglos ha sido el Dinero; en esta fase de la Historia, el Dinero se amalgama con una serie de fetiches políticos muy rimbombantes, todos ellos presentados con traje cívico y solidario, aunque en realidad inventados para satisfacer egoísmos particulares. Pero tales ídolos son alimentos que no nutren, medicinas que no curan, bendiciones que no bendicen; son placebos que, tarde o temprano, revelan su inoperancia ante las necesidades más sinceras y duraderas del ser humano, que son de índole espiritual. Entonces las sociedades, mientras avanza la gangrena del cansancio en sus organismos, se percatan de que tales ídolos son placebos inanes; pero como la fuente de la alegría les ha sido arrebatada, sólo pueden consolarse buscando otro placebo más ‘intenso’ y ‘estimulante’ (más destructivo, en realidad). Decía Chesterton que los hombres, una vez que han pecado, buscan siempre pecados más complejos que estimulen sus hastiados sentidos. El pornógrafo hastiado de contemplar imágenes sórdidas protagonizadas por adultos buscará imágenes sórdidas protagonizadas por niños; el drogadicto hastiado de los paraísos artificiales de la marihuana buscará los paraísos artificiales de la heroína; el hombre hastiado de los subsidios rácanos y entretenimientos plebeyos suministrados por la democracia buscará los subsidios más rumbosos del latrocinio y los entretenimientos más excitantes de la anarquía.

La decadencia siempre surge del hastío provocado por un progreso material desembridado de exigencias morales. Ha ocurrido en todos los crepúsculos de la Historia; está ocurriendo también en este, aunque nos neguemos a aceptarlo.

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