La nariz de Lady Di

PEQUEÑAS INFAMIAS

Siempre me sorprendo al comprobar lo difícil que resulta abstraerse de los clisés al uso y desprogramar ese corazoncito de maruja que todos llevamos dentro. Por ejemplo: una historia de amor, para que nos parezca bella, necesariamente debe estar protagonizada por una chica guapa y, a ser posible, por un hombre igualmente agraciado. Del mismo modo, un triángulo amoroso sólo se comprende si el tercero en discordia supera en belleza a la persona traicionada. Si no se cumplen estos requisitos estéticos, si la amante por la que se abandona a una pareja anterior es un cazo, la gente no entiende nada y condena al infiel. No por adúltero (hoy eso a nadie le importa), sino por su mal gusto. Digo todo esto porque para mí, sin lugar a dudas, la historia de amor real más notable de este siglo es la de Carlos de Inglaterra y Camilla. Sí, sí. Hagan por un momento un ejercicio de abstracción e imaginen la historia sin tener en cuenta los atributos físicos de sus tres protagonistas: un príncipe que tiene una novia de la adolescencia con la que no puede casarse por impedimentos de su rango, y acaba casándose con otra. No ama a su esposa y ésta, que se da cuenta, sufre. Poco a poco la esposa, que se ha hecho muy popular, utiliza esa popularidad en contra de su marido; él es infiel, y ella, por despecho, también. Un día decide ir a la televisión a ventear urbi et orbi las infidelidades de ambos, a pesar de tener hijos adolescentes que pueden ver aquel espectáculo. La pareja se separa, ella muere inesperadamente, él queda viudo y por fin, al cabo de más de veinte años de espera, se casa con la mujer a la que siempre amó, y colorín colorado. No me negarán que la historia tendría un significado muy distinto si no supiéramos cómo es el aspecto físico de sus tres protagonistas. O, simplemente, si cambiáramos la cara de rottweiler de Camilla (Diana dixit) por la de la muy bella princesa de Gales. Pero Camilla es fea y Diana era monísima y por eso nadie encuentra nada hermoso en esta historia. Y, sin embargo, lo es, más incluso que la tan cacareada historia del tío abuelo de Carlos, Eduardo VIII, con la señora Wallis Simpson… Pero su tío era guapo y la señora Simpson, sin duda, mucho más glamourosa que Camilla.

Un triángulo amoroso sólo se comprende si el tercero en discordia supera en belleza a la persona traicionada

Ahora dicen que la pareja está en crisis y los amantes de que los folletines tengan el tipo de protagonistas que el género requiere están felicísimos de que les vaya mal, de que se separen y sean desgraciados. Como yo cuento con muchos defectos, pero no con el de tener corazón de folletín, siento mucho que así sea. Si quieren que les diga la verdad, nunca fui gran fan de Lady Di, a pesar de sus indudables méritos al poner su fuerza mediática al servicio de buenas causas. Llámenme anticuada, pero yo valoro más otras cosas, como el sentido de la responsabilidad. Y en su caso, es cierto que tuvo un matrimonio desgraciado, y también que su familia política y en particular su marido la hicieron sufrir, pero nunca entendí su forma de venganza. Porque ésta consistió en utilizar su popularidad para intentar hundir una institución esclerotizada y absurda si se quiere como la monarquía inglesa. Pero da la casualidad de que de esa institución son herederos sus hijos. Por lo visto, eso nadie lo consideró así. Tal vez porque responsabilidad es una palabra fea hoy en día, pero, sobre todo, porque como decía Baudelaire: «La belleza física es un sublime don que de toda infamia arranca perdón». Ahora, la magnífica película La reina retrata muy bien lo sucedido en aquel verano del 1997 en Inglaterra. Puede verse en ella el fervor y la histeria que la muerte de la princesa desató en el mundo entero, que inmediatamente tomó partido por Diana condenando a los Windsor. Los muertos, si son jóvenes y bellos, despiertan enormes simpatías y no quiero restarle méritos a uno de los personajes con mayor carisma de nuestro tiempo. Pero creo, sinceramente, que en el caso de Diana de Gales, y como decía Pascal de Cleopatra, la historia sería otra si su nariz hubiera sido más fea…