De camino por Asturias (y II)

La etapa que separa Gijón de Avilés sólo tiene de interés haber estado en Gijón y llegar a Avilés. La salida de determinados núcleos urbanos del Camino es singularmente pesada, como la llegada a otros. Le pasa a Burgos y el interminable Gamonal o la no menos larga e inacabable salida de Logroño, en el Camino Francés. Antes no dejas la capital gijonesa te hartas de avenidas y hasta no alcanzar el centro de la magnífica Avilés te tragas varios kilómetros de suburbios industriales.

También tiene su alto, para no desmerecer el capricho orográfico norteño. Es el Alto del Areo, aunque poco que ver con los de la etapa anterior. El resto, ciertamente, tiene poca historia. Lo interesante es Avilés y su transformación, de la que ya escribí aquí mismo a cuenta de la construcción del apabullante Centro Niemeyer. Cuando murió la siderurgia y se acabó el acero, hubo que reinventar el paisaje acabando con la imagen de ciudad ruidosa y sombría que dejaba la industria pesada. A Avilés le pasaron el paño y se descubrió el barroco de su caserío y lo señorial de sus plazas y soportales. Se peatonalizó el centro y se le dio pátina de clase. Hoy es otra ciudad. Bello paisaje posindustrial. Pero más allá de fachadas y paseos había que comer, y era lunes, lo que anunciaba tragedia. El Pañol, cerrado. Casa Lin, cerrado. El Balneario de Salinas, cerrado. Gerardo, en Prendes, también. ¡Pero el Señor es bondadoso y menos mal que quedaba Tataguyo!

Ooootra fabada. Sí. Lo siento. Excelente, claro. Aunque a todo el que acuda a ese gran clásico de la cocina avilesina yo le instaré siempre a que pruebe la longaniza con patatas y, si hubiere, el espectacular virrey del Cantábrico al horno que preparan con una precisión inaudita. Dejé una parte de mi paladar en esa casa amable, histórica, rotunda. ¡Qué más podía pedir! Me esperaba un paseo al día siguiente hasta Cadavedo. Claro que lo creía más plano y volvía a ser un sube y baja permanente, con vistas muy hermosas, pero agotador. Ya sí entre Cadavedo y Luarca uno tiene la sensación de recorrer la última etapa del Tour, que es un paseo hasta París, en este caso de dieciséis tranquilos kilómetros. Todo esfuerzo anterior queda compensado al contemplar Luarca, su puerto, sus calles, su mar, sus cosas, su Cambaral con Andrea al frente, su puente del Beso en el que murió el berberisco que sedujo a la hija del señor de La Atalaya ¡Qué poco sabía yo que en Luarca iba a acabar mi camino de hogaño a cuenta de un estúpido accidente doméstico que me rompió un par de dedos del pie izquierdo! Poco después de haber probado la soberbia merluza a la sidra que prepara Jorge en Puerto de Vega sobrevino un golpe parecido al pisotón de un oso. Acabose. Me esperaba un plácido recorrido hasta Ribadeo que habrá de ser en otra ocasión. Con la de fabadas que pensaba cargarme hasta llegar a Galicia. Adiós, con todo mi dolor. Quedaba la posibilidad de llegarse a Cangas del Narcea, donde mi gran amigo David de Obanca me tenía prometida un jornada exultante, como así fue. De Cangas hay que hablar en capítulo aparte. En la primorosa casa de Pepe Ron, regado con Castro de Limés, despedí un breve Camino entre el dolor del pie y el placer de saborear la trufa de chosco y el brick de centollo, amén de unos garbanzos pedrosillanos con chipirón fresco y Langostinos que obraron todo tipo de milagros menos el de soldarme los dedos puñeteramente rotos.

Mi fiel escudero Jandrín Morán, caminante impertérrito y compañero de fatigas, me dejó a la vera de las vías que unen León con Madrid no sin antes transitar por el espectacular paisaje que se cruza por Villalbino. Menos mal que anteriormente me había hecho mis etapas habituales de Tierra de Campos (tengo que hablarles de Los Palmeros en Frómista. ¡qué nivel de sabores y buen hacer!) y con eso puedo presentar un balance aceptable. El año que ha de venir me llevará de nuevo a la asturiana sonrisa de Luarca para acabar lo empezado. Ya les contaré.

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