‘Feel good’

Mi amiga Ana Bravo me afea con frecuencia mi irritante costumbre de usar anglicismos. Tiene toda la razón. Bastante colonizada está ya nuestra lengua como para que vaya una añadiendo leña al fuego. El problema, sin embargo, es que el inglés es más ágil que el castellano a la hora de crear neologismos. Le basta juntar dos palabras para crear un nuevo concepto mientras que nosotros, para decir lo mismo, necesitamos toda una explicación; de ahí que acabe imponiéndose el término gringo. Tomemos como ejemplo el título de este artículo. Se llama así a una nueva manifestación del buenismo que nos infesta. Feel good (no hace falta ir a Berlitz para saberlo) significa ‘sentirse bien’. Y como este parece ser un desiderátum en todos los campos, no solo en el de la salud, ahora tenemos películas, libros e incluso obras de arte cuyo supuesto mérito es que hacen que uno se sienta bien. ¿Cómo?, dirán ustedes. ¿Teniendo una alta calidad artística o literaria, siendo originales, inteligentes, brillantes, sorprendentes, sensacionales? No, señor. No hace falta estrujarse las meninges ni convocar a los espíritus de Praxíteles, Leonardo o Cervantes, basta con introducir alguno de los elementos siguientes en la creación de la que uno es autor. Si se trata de una novela o de una película, haga que su protagonista sea una mujer maltratada, o un niño Down, o cualquier otra persona desfavorecida. Si se trata de arte, organice una exposición que sirva para denunciar alguna causa que esté de actualidad. La situación de los refugiados, la utilización de animales para fines científicos, el calentamiento del planeta. No es que estas causas me sean indiferentes, todo lo contrario, me parece indispensable apoyarlas y darles visibilidad. Pero qué quieren que les diga, me rechina un poco que un artista, o en muchos casos solo un ‘artista’ entre comillas, se aproveche de ellas para promocionarse y hacer caja. ¿Mejora en algo la situación de una mujer afgana a la que su marido ha quemado la cara con ácido que una famosa de turno se fotografíe con un cartel que ponga yo también soy afgana ? ¿Leer una novela en la que la protagonista es una víctima de la violencia machista nos convierte en mejores personas? Vivimos en un mundo que confunde cada vez más los gestos con la acción. Se pone uno una pulserita multicolor en la muñeca y cree que ya está salvando el planeta. Enciende un mecherito en un concierto y eso ayuda a la paz mundial. Los medios de comunicación amplifican esa percepción; por eso ahora basta el postureo o un acto puramente simbólico para quedar como los ángeles. El fenómeno feel good, sin embargo, va un paso más allá. Valiéndose de esa confusión que existe entre los gestos y los hechos, algunos avispados aprovechan no solo para ganar dinero, sino para demostrar un talento muchas veces inexistente. En realidad, todos nos damos cuenta de la impostura. Sabemos de sobra que esas películas o esos libros chorreantes de buenos sentimientos son un bodrio infumable, solo una mala novela rosa en la que los buenos son buenísimos, los malos, malísimos y, al final, el bien triunfa. Pero nadie se atreve a decir que no le gusta porque, como en el cuento El traje nuevo del emperador, tememos que nos tachen de poco solidarios o de malas personas. Otro tanto ocurre con eso que llaman ‘arte’ y que no es más que una filfa que intenta redimirse diciendo que se trata de la denuncia de alguna terrible injusticia. En aras de la santa cruzada en la que me he embarcado contra lo políticamente correcto, me gustaría recurrir a André Gide. Él explicó hace ya años que no se hace buena literatura (y por extensión cualquier otro tipo de arte) con buenas intenciones ni con buenos sentimientos. Porque, díganme ustedes, ¿tiene buenos sentimientos la obra de Picasso? ¿Pretendía Shakespeare pasarnos la mano por el lomo y hacernos sentir bien? ¿O quizá buscaban el efecto exactamente contrario, removernos, conturbarnos, enfrentarnos a nuestras propias flaquezas y contradicciones para hacernos pensar y, por tanto, cambiar de actitud? Pues eso.