De ayer y hoy

En las entrevistas que mantuve durante la promoción de mi novela El castillo de diamante, como en las presentaciones de la misma, me hacían machaconamente la misma pregunta. ¿Quiénes serían hoy los equivalentes de Santa Teresa de Jesús y Ana de Mendoza, princesa de Éboli? . La insistencia en la misma pregunta terminó por resultarme jocosa, pues revelaba la impotencia emberrinchada de una época que, por un lado, pretende que todas las mujeres notables del pasado fueron ‘adelantadas a su tiempo’ pero a la postre descubre consternada que en este tiempo nuestro tan adelantado mujeres así no habrían tenido cabida. Como yo respondía que aquellas habían sido mujeres que hoy no habrían podido desempeñar su vocación, mis entrevistadores siempre se quedaban mohínos. Y entonces yo, para consolarlos, les lanzaba el nombre de alguna mujer famosa de nuestra época, para que ellos mismos comprobaran que el intento de hallar equivalentes resultaba ridículo. Y es que la época en que aquellas mujeres nacieron favorecía el florecimiento de personalidades originales y brillantes, fuertes y diversas; mientras que de una época como la nuestra, que a la vez que predica el individualismo fomenta la masificación, sólo brotan personalidades flojas y mostrencas, muy obsesionadas por la independencia y la libertad, pero a la postre gregarias.

Una mujer como Ana de Mendoza, en efecto, para triunfar no habría podido hacerlo por su cuenta, sino que habría tenido que afiliarse a uno de esos viveros de gregarismo llamados partidos políticos, que en realidad no son sino los negociados de izquierdas y derechas que el sistema ha dispuesto para alimentar la demogresca. Habría tenido que resignarse a repetir como un lorito las paparruchas contenidas en sus programas electorales; y habría tenido, por supuesto, que adular y mostrar una adhesión ciega al líder de turno que, a cambio de sus adulaciones, la habría ido encumbrando hacia puestos de mando, tal vez incluso hasta el liderazgo máximo, donde tendría que conformarse con ser un títere del Dinero, que es el destino final de todo líder político en nuestra época; porque es natural que las comunidades humanas que han sido reducidas a masa gregaria sean representadas por gobernantes al servicio del Dinero.  

Mucho más cruel todavía habría sido el destino de Santa Teresa de Jesús. En primer lugar, sus visiones y arrobos místicos serían considerados, en una época tan avanzada como la nuestra, alucinaciones y trastornos psíquicos; por lo que, en lugar de llevarla ante los inquisidores (gracias a los cuales, por cierto, Santa Teresa pudo triunfar sobre sus perseguidores), la llevarían al psiquiatra, que de inmediato le recetaría una ensalada de pastillas que matarían su carácter chispeante y la dejarían amuermada, convertida en un despojo o en un vegetal (y si aún acertase a tener algún arrobo o visión, la internarían en un manicomio). Por supuesto, en una época como la nuestra Santa Teresa no podría haber fundado conventos masculinos, como hizo en una época tan supuestamente retrógrada como el reinado de Felipe II, porque el puritanismo perverso de nuestros días  pensaría que lo hacía para mantener trato carnal con los frailes; y de inmediato habría sido denunciada calumniosamente en cualquier programa televisivo casposo (denuncia que, por supuesto, el obispo de su diócesis se apresuraría a secundar, para no ser ‘misericordiado’ desde Roma). Aunque la realidad es que Santa Teresa, en nuestra época, no habría podido fundar ningún convento, ni de monjas ni de frailes, pues para hacerlo primeramente tendría que conseguir licencia municipal; y, antes de conseguirla, tendría que vencer la resistencia del concejal de urbanismo de cada lugar, que impepinablemente sería un corrupto de tomo y lomo y la obligaría a pagar comisión. Para ser del todo sinceros, Santa Teresa en nuestra época no habría podido ni siquiera ser reformadora religiosa, pues las únicas reformas que en nuestra época se admiten son aquellas que postulan una mayor asimilación y acomodación al mundo, una mayor aceptación de sus usos y un mayor abandono de los rigores primitivos; mientras que Santa Teresa postulaba una recuperación de tales rigores y un mayor apartamiento del mundo. Sospecho que nuestra época, que suele calificar a Santa Teresa de mujer ‘adelantada’, la habría considerado una mujer insoportablemente retrógrada y la habría condenado al ostracismo.

Y nada habría sido más lógico. Porque es propio de épocas gregarias destruir a las personalidades que se resisten a comulgar con sus ruedas de molino.