Tigres con correa

En agosto de 2005, una televisión argentina emitió un talk-show multitudinario y exuberante presentado por Maradona, La noche del 10. El Diego, delgado y contenido, regresaba así de la cocaína, el psiquiátrico, la obesidad y Cuba. En su show, cantó, bailó, rio, hizo chistes fue un rat-pack de un solo ejemplar, y esa fue su venganza de cuantos lo habían catalogado de escombro humano. Durante los diez años siguientes, se iría dando excusas para otras resurrecciones.

Vi en directo, en Buenos Aires, la entrevista que le hizo a otro personaje con el que siempre le vi semejanzas, Mike Tyson. El boxeador llegó cuarentón, ya con el tatuaje en la cara y con unas formas esféricas debajo del traje que no eran las de Iron Mike. Aparte de lo dificultosa que fue la entrevista con traducción simultánea, hubo dos momentos espontáneos que revelaron que estos hombres separados por el entorno cultural, el idioma y el deporte practicado hablaban en realidad un esperanto existencial que los hacía parecidos. Digo, más allá de la idolatría de masas y de la intensidad con la que ganaron y perdieron, y con la que se equivocaron muchas veces. El primero de esos momentos fue hilarante. Maradona quiso regalar a Tyson una camiseta de la albiceleste con el nombre del púgil impreso en la espalda. La camiseta la trajo una hermosa azafata que luego se haría más o menos conocida como starlette neumática, Silvina Escudero, vestida con shorts mínimos y una camiseta negra que dejaba descubierto el ombligo. En cuanto la vio, Tyson le pasó la mano izquierda por detrás de la espalda y empezó a tocarle el culo mientras Maradona decía no sé qué de la camiseta. De pronto, Maradona vio lo que ocurría y le dijo a Tyson. Es mi amiga . Tyson comprendió lo que le estaba diciendo en realidad. Ojo, a esta me la zumbo yo , por lo que respetó los códigos, retiró las manos como si el culo quemara, pidió perdón y tardó veinte segundos en detectar a otra azafata a la que empezó a pellizcar mientras salía del plató instalado en el Luna Park.

El segundo momento, que cronológicamente es el primero, fue distinto. Nervioso, Maradona comenzó la entrevista con titubeos, y quiso saber cómo había sido la infancia de Mike en el gueto de Brownsville (Brooklyn). Tyson le respondió que, antes de acudir al programa, había pedido que lo llevaran a conocer otro gueto, el de Fiorito donde nació Maradona, y le dijo al Diego que sus barrios eran iguales, y que por tanto sus infancias, y los peligros que gravitaban sobre ellas, también. Hete aquí que el hombre más feroz y patibulario de la historia de las grandes divisiones trazaba ante Maradona una teoría del internacionalismo de clase que además revelaba en Tyson un sentido de pertenencia indeleble a pesar de los millones ganados, y de las grandes mansiones decoradas por Versace, y de los Ferraris y Rolls comprados por docenas, y de los jacuzzis incorporados al asiento trasero de las limusinas, y de los tigres que Tyson paseaba con correa por los aeropuertos y por sus cinco enormes fincas. Ambos, Maradona y Tyson, llevan tatuado al Che, la misma estampa, la de Korda.

Recordé la entrevista porque estoy absolutamente absorbido por la lectura de Toda la verdad, las memorias de Tyson. No hay autor del género negro sucio capaz de inventar una historia como la de este hombre, incluyendo la chica que usó la sangre de su regla para fingir la agresión sexual que lo llevó a prisión en Indiana. En Tyson, ese sentido de pertenencia al gueto es determinante, porque siempre lo cultivó, y esa fue en parte su perdición. no dejar de pensar como un gánster criado en un barrio con los índices de mortandad de una zona de guerra. Una escena lo dice todo. ya campeón, se escapaba al viejo barrio y se juntaba con sus amigos, que morirían todos antes de los 25. Ellos se enfadaron. Eres el único que encontró un camino de salida, ¿qué haces aquí, desperdiciándolo? . Ese fue el drama de Tyson. jamás dejó de regresar a Brownsville.