En tu envidia o en la mía

El éxito tiene sus desventajas. Cuando alguien triunfa en algún ámbito laboral o social, siempre hay quien se cree encargado de ajustarle las cuentas. En España, concretamente, el éxito parece una noción extranjera. Nos fascinan los fracasados gracias a esa permanente seducción que el pesimismo ha obrado sobre la mayoría de la opinión pública. Un triunfador acaba siendo sospechoso, y si la ideología puede intervenir lo hace para desacreditarle y desmerecer todo su esfuerzo.

Me viene esto a la cabeza cada vez que observo las reacciones que provoca en algunos el éxito televisivo de la temporada, que no es otro que el espacio que presenta Bertín Osborne en TVE. En la tuya o en la mía. Como sabemos, se trata de un programa que no pretende grandes declaraciones ni titulares espectaculares, que sienta en un sofá a un personaje popular y que discurre dentro de las normas de la corrección, sin aspavientos ni altisonancia. La naturalidad del anfitrión, su simpatía no fingida y el acierto profesional del formato creado por el gran Pablo Carrasco (productor experimentado y solvente de televisión) han obrado el milagro olvidado de situar las audiencias en porcentajes envidiables, cosa que nadie creía que fuera a ocurrir cuando se anunció su emisión.

Seguramente no se escribirían las tonterías que se escriben si la serie hubiese durado seis capítulos y ya nadie se acordara de ella. Pero lleva un porrón y rápidamente ha salido a la batalla el Comando de Intervención Rápida de los ajustadores de cuentas que perezosean en la Caverna Periodística española. Independientemente de que el programa no ataque a nadie ni quiera ignorar ni faltar a colectivo alguno, la progresía opinadora más rancia y reaccionaria ha desatado sus iras manejando argumentos de lo más pintorescos. Bertín no es un periodista ni tiene ningún interés en serlo -cosa que le alabo-, por lo que no hace entrevistas, sino que charla desenfadadamente con sus invitados y lo hace con gracia y no poca habilidad para obtener confesiones interesantes. No tiene por qué hacer la pregunta de actualidad política que haríamos cualquier informador, va a otra cosa. Sin embargo, se le censura que no aborde temas en sus encuentros (como el de Rajoy) que ya son sobradamente tratados en cada comparecencia del presidente del Gobierno o de cualquier otro ejemplar. En virtud de ello he leído estos días que es un chulo, un facha, un señorito, un machista, un hortera y no sé qué más. Y que se está forrando, claro. Lo que sí está claro es que quien dice todo eso no conoce a Osborne, pero da igual. Por el simple hecho de decir que su mujer le llamaría la atención por mancharse la camisa, más de un gilipollas ha deducido que el lugar que Bertín asigna a la mujer es el fregadero. Cosa que no dirían, seguramente, si el programa no tuviese picos de nueve millones de espectadores, pero que afirman en un forzadísimo proceso de inteligencia deductiva no al alcance de todos. Un tipo afable como el cantante -que ha grabado, por cierto, un espléndido disco de grandes clásicos americanos- andará, digo yo, intrigado con este tiroteo repentino; pero buen conocedor de la característica española de la envidia iracunda, no hará más caso que el que se presta al anecdotario del día.

La Caverna Proge no entiende cómo es posible que la gente quiera ver un programa en el que dos tipos hablan y no citan ni a Engels ni a mi admirada Belén Esteban, lo cual serviría para justificar por arriba o por abajo el afecto o el desafecto. Lleva a sus amigos y a otros que no lo son a contar cosas de su vida, vean que simple. Muchos de los que censuran podrían tratar de hacer lo mismo, a ver cuánta gente los seguiría. Coño, si me ha invitado hasta a mí, que no tengo muchas cosas que decir ni soy nada apasionante y quedé hasta bien, ¡o al menos eso me ha dicho mi madre!