Fingir es el primer paso para ser

Es curioso observar cómo la era Internet está propiciando una especie de involución en ciertos oficios, por ejemplo el mío. Antes, uno escribía un libro, se lo entregaba al editor, hacía un par de entrevistas y después podía volver a encerrarse en esa famosa torre de marfil en la que se supone moran los intelectos y allí dar forma a su nueva creación. Otro tanto ocurría con los cantantes. La estrella (o no tan estrella) de turno grababa un disco, lo promocionaba un poco y después volaba a San Bart o Salvador de Bahía a sorber ron con coca-cola o caipiriñas mientras su hit escalaba él solito en la lista de los más vendidos. Ahora, en cambio, por culpa de la piratería y de la enorme competencia que hay en todos los ámbitos, los escritores nos hemos vuelto juglares y los cantantes, músicos ambulantes. Ellos han tenido que regresar a los conciertos en vivo de feria en feria como fuente primordial de ingresos y a nosotros nos pasa algo parecido. Se acabó, por tanto, el escritor tímido y poco sociable. Es necesario convertirse en un showman, un actor, un prestidigitador. El que no sabe vender su libro está muerto. Con decirles que conozco a uno que está dando clases de ventriloquía para entrevistarse a sí mismo y de esa manera dar más interés y exotismo a sus charlas, a sus conferencias

En lo que a mí respecta, el haberme convertido en artista itinerante ha tenido un inesperado efecto sobre mi carácter. Tengo la desgracia de ser, como ya he comentado en alguna ocasión, tímida. Hablo poco, soy un desastre contando chistes y detesto ser el centro de atención. Por eso, cuando empezó a ser perentorio dar conferencias, charlas, asistir a clubes de lectura, etcétera, pensé que había llegado mi fin. Y es que para mí la vida ideal de un escritor es la que, cuentan, llevaba mi compatriota Horacio Quiroga allá en la selva misionera. Vivía aislado de todo en una especie de fortín y aquellos que iban a verlo debían prestar mucha atención al color de la bandera que ondeaba en su mástil. Bandera verde quería decir se aceptan visitas ; bandera roja, ni se le ocurra acercarse . En fin, ya sé que en este mundo hipersociable en que vivimos queda mal confesar que uno es un poco anacoreta, pero qué quieren que les diga, tengo esa horrible tendencia. Me gusta la soledad, es más, la necesito, y estar rodeada de gente me supone un esfuerzo. Me gustan las personas una a una, no en tropel. Pero, como les decía, la conversión de los escritores en juglares ha tenido un efecto tan beneficioso como inesperado en mí. Me he vuelto simpatiquísima. He aprendido (a mi provecta edad) que todo en esta vida es cuestión de programarse. Que si una se pone en ‘modo sociable’ se vuelve, en efecto, sociable, ocurrente, divertida y hasta graciosa. Más aún, según una función cerebral cuyo nombre no recuerdo, fingir que uno es algo (en este caso sociable, pero sirve también para convertirse en optimista, productivo, organizado o lo que usted quiera) es el primer paso para empezar a serlo. Los neurólogos sugieren un experimento que está al alcance de cualquiera y que funciona. Ponerse un lápiz entre los labios de modo que fuerce a que estos sonrían. El cerebro entiende que estamos contentos y automáticamente hace que lo estemos de verdad. En el mismo principio se basa la risoterapia. ríe y el mundo (o, lo que es lo mismo y en realidad lo único importante, tu percepción de él) reirá también. Me parece fascinante esa capacidad del cerebro para adaptarse a las circunstancias y ayudarnos siempre que sepamos programarlo bien en nuestros empeños. Algunos lo llamarán plasticidad, otros recordarán lo que ya prometía el Evangelio. La fe mueve montañas. Sea lo que sea, le estoy agradecida. Lo que no consiguieron solucionar las recomendaciones de mis amigos, ni mi fuerza de voluntad ni horas de psicoanálisis lo ha conseguido la necesidad de adaptarme a una nueva realidad. Ahora que he aprendido lo fácil que es tunear una parte recalcitrante de mi carácter, voy por otras conquistas. Tengo muchos defectos, queda mucho trabajo por delante, pero ese será mi buen propósito para este año. Fingir para ser.