Sobre los clubes

En Madrid existían clubes a la inglesa, asociados a la aristocracia y el ejército, como la Gran Peña o el Nuevo Club, donde cené una vez creyendo que entraría un explorador victoriano de regreso de las fuentes del Nilo. Siempre los hubo, en un rincón social determinado. Pero ahora ha estallado una moda imparable. Hay un afán de pertenencia a lugares casi secretos y a los que se accede con una combinación o incluso mediante un lector de huellas dactilares. Vamos, formas de entrar con las que antaño tu intención era hacer intercambio de pareja.

No me he preguntado por el motivo de esta moda que coincide con la proliferación de sastrerías inglesas como la de Lander Urquijo. Pero así, a vuelapluma y sin levantarme a mirarlo, supongo que es una consecuencia de la prohibición de fumar en los bares más que de una voluntad de clandestinidad conspirativa como la de los reservados de los restaurantes del poder. Los madrileños siempre fuimos más de bar favorito que de club. Siempre pongo el ejemplo del ya extinto Balmoral en la calle Hermosilla, del cual algo se conserva en el Dry del Fénix sin llegar a ser lo mismo, ni el bar, ni el momento. En todo caso, es el concepto de bar habitual donde se produce el encuentro con los interlocutores habituales, los hermanos de trago. A Balmoral había gente que venía a leer un rato en una butaca orejera o que traía el perro, que se quedaba tumbado, sabiéndose por la costumbre en una prolongación del hogar. Así ocurría con ciertos bares que remedaban el club sin el boato de lo exclusivo y restringido. Al menos hasta que, para fumar, se hizo necesario encerrarse en lugares que no eran de acceso público hasta algunos restaurantes empezaron a ofrecer, para la sobremesa, un anexo privé y que pronto derivaron a este esnobismo nuevo del gentleman con club.

Llegué a plantearme pertenecer a uno. Nunca diría lo mismo que Groucho, eso de que él jamás pertenecería a un club que lo admitiese a él como socio. Cualquier club que me admita como socio ha de ser sensacional. Pero, en cambio, me siento identificado con la personalidad que Conan Doyle confirió al club Diógenes de Mycroft Holmes, el hermano de Sherlock. un club paradójico, para misóginos y personas que detestan la compañía de otras mientras leen el periódico, en el que estaba prohibido pronunciar palabra bajo amenaza de expulsión. Ir a un club a estar solo y a odiar a los semejantes, qué maravilla.

Javier Aznar, alias el Guardián, me hizo de introductor en un club muy en boga entre la gente que mola o aspira a molar, el club Matador. El lugar es precioso y se come muy bien. Algunas ventanas dan a un jardín interior con forma de claustro que evoca cuántas cosas hermosas están en Madrid escondidas detrás de edificios por delante de los cuales caminamos infinidad de veces sin sospechar lo que hay. Con todo, no me veo en un lugar así. A pesar de que atisbé la oportunidad de usarlo para escribir fuera de casa, cosa que ahora hago en las cafeterías de El Corte Inglés (resulta que en el club está prohibido usar aparatos electrónicos, y a mano no me voy a poner a escribir para que me salga un callo en el dedo como cuando era niño). Pero no me veo, sobre todo, por dos razones. Primera, porque yo no puedo molar tanto. No puedo llevar siempre encima el peso de esa responsabilidad. Ser un habitual del bar de abajo, con sus tragaperras, o del gimnasio de boxeo son cosas que no me imponen esa ansiedad de tener que estar siempre en caballero british. Oiga, que yo a veces salgo a la calle con la camiseta de Independiente de Avellaneda, y hacerlo como socio sería traicionar el credo y el compromiso con el club. Prefiero, en general, molar poco, es más descansado, no defraudas a las chicas. El segundo motivo es que no entiendo el trago ni los bares sin la posibilidad de los encuentros casuales como los de Mastroiani en la Via Veneto. Personas que no sabías que existían y con las que de pronto acabas de aventura. Eso te lo da el bar, no tanto el club.