Una camisa aventurera

El hombre al que me refiero era supersticioso. Una vez, durante una de las visitas anuales que hacía, siempre en invierno, a sus amigos que vivían en Madrid, se dio cuenta de que en la mesa del restaurante estaban sentados trece comensales. No se quedó tranquilo hasta que otra persona que cenaba sola accedió a unirse al grupo. Lo vi, yo estaba allí. El hombre al que me refiero era corpulento, era escritor, poeta de las lejanías de ultramar en las que nació, y solía vestir una camisa de aspecto aventurero o militar en cuyos bolsillos descollaban bolígrafos. A mí me fascinó ese aspecto la primera vez que lo vi porque me recordó mucho el de Hugo Pratt en una época en que estaba enamorado del personaje de Corto Maltés, a quien incluso pinté con acuarelas en las paredes de mi habitación. El hombre al que me refiero era francés, pero vivía en Buenos Aires desde 1945. Ya hace mucho que murió, como casi todo.

Hace algún tiempo, mencioné en un artículo publicado en ABC que, durante mi infancia, y por causa del segundo matrimonio de mi madre, en mi vida entraron algunos personajes especiales, como escupidos por Francia -los desechos de ciertas derrotas francesas, el material humano sobrante-, en los que yo, demasiado niño, no pude descubrir aún las inmensas posibilidades literarias que tenían. El hombre al que me refiero era uno de los más misteriosos. Aunque yo no me diera cuenta entonces y casi me resultara más enigmático por dedicarse a escribir y por vivir en una ciudad que entonces me sonaba remota e igual de misteriosa. Años después de conocerlo, cuando ya ni me acordaba del hombre al que me refiero, fue precisamente en Buenos Aires donde una casualidad volvió a hacerme pensar en él.

Un amigo me citó a cenar en un restaurante nuevo del barrio de Palermo-Hollywood. Le gustaba ser el primero en descubrir los garitos condenados a ponerse de moda, los sitios chic. Este lugar nuevo pretendía ser un bistró exótico en el que se mezclaban varios tipos de cocina. criolla, francesa, argentina, oriental Ahora que lo pienso, era la mezcla idéntica de todos los lugares que habían conformado el universo literario del hombre al que me refiero. Alguien lo había convertido en comida. El nombre del restaurante era una sola palabra que sonaba extraña a mi amigo. Yo me di cuenta de inmediato de que era un apellido extranjero porque coincidía con el del hombre al que me refiero. Cuando, en los postres, salió el dueño y cocinero a saludar y a preguntar qué tal, le hice notar que en mi infancia había conocido a alguien que se llamaba como él. Resultó que era el hijo del hombre al que me refiero, ya un tipo maduro a su vez que no se le parecía nada. Entonces, sucedió algo extraño. Cuando le hablé de los amigos de su padre con los que yo había convivido, el cocinero no se alegró de nuestro encuentro. Al revés, se puso incómodo, como si alguien acabara de demostrarle que conocía un secreto del cual viniera huyendo. Me despachó con tanta frialdad que jamás regresé al bistró. Pero me picó la curiosidad, necesité saber qué había ocurrido. E investigué.

El hombre al que me refiero combatió en el 40 con las tropas coloniales francesas. Pero, después de la derrota ante la blitzkrieg, ya durante la Ocupación, se convirtió en uno de los intelectuales colaboracionistas y en la Némesis de De Gaulle en Radio París. Frecuentaba a Brasillach y a Drieu en el café Flore, desde su mesa se burlaban de Sartre, que ocupaba otra con la sumisión de la que no salió en toda la Ocupación. Cuando la victoria aliada era evidente, el hombre al que me refiero decidió elegir un bel morir y se alistó voluntario en las Waffen-SS con casi cuarenta años y en una fecha en que nadie iba ya de voluntario. otoño de 1944. No logró hacerse matar. Huyó a Argentina por la ruta de las ratas. Fue condenado a perpetua in absentia. Lo amnistió personalmente Pompidou en los años setenta. Cenar con él ahora, y luego escribir. Qué desperdicio.